LA PESCA DEL DÍA

Cosas que nunca te he dicho: cartas sobre psicología para mi hija

Han Sun-Hee / Psicología / Planeta

279 $MXN / 317 págs. / Librería Educal


En la espera para entrar a una obra de teatro en el Centro Cultural del Bosque llamada Oso polar decapitado de David Gaitán -amigo y colega de Luis-, es que me hice de este libro. Ambos aguardábamos en la librería que está juntito a las salas mientras llegaba la hora. El ánimo de convivir socialmente no era mucho, así que decidimos mirar libros.

Caminando entre las mesas de novedades acomodadas por género narrativo, me llamó la atención una portada fea -casi infantil-, el nombre de la autora que se conforma de letras impronunciables y la palabra “cosas” escrita en el título. Sí, admito que el ejemplar lucía tímido en la sección que tanto me apena visitar: Desarrollo humano, o bien llamado antes “Superación personal”.

No sé bien qué buscaba. Nada de lo que veía me resultaba atractivo. Es más, incluso me sentía cansada de leer, de estar leyendo, de andar cargando un libro para todos lados. De tener el libro para llevar y el libro para leer en casa. Me sentía fastidiada, sin sentido. Para qué sirve leer, me cuestioné. Aunque la pregunta real era para qué me sirve a mí leer. ¿Habré leído ya todos los libros que me tocaban en esta vida? ¿Estaba cambiando de vida? ¿Viviría una vida sin libros? ¿Eso era posible? Lo único cierto era mi desgano lector. Me autopercibía abrumada con las páginas frente a mis narices llenas de letras y más letras que no provocaban en mí ninguna emoción o curiosidad.

Con los minutos encima tomé Cosas que nunca te he dicho: cartas sobre psicología a mi hija (2024) de Han Sug-Hee. Pedí que le quitaran el plástico para revisar el contenido. Casi siempre soy yo quien lo hace, esta vez mis intenciones de sentirme polizonte abriendo libros sin permiso estaban por los suelos. Lo exploré con cuidado. Me fui al índice como si éste fuera un lugar. No encontré playas, ni palmeras, ni arena calientita abrazando mis pies, solo una larga lista de temas que se acomodaban en cinco partes: 1. Lo más importante del mundo eres tú / 2. No te empeñes en destacar en todo / 3. El querer no se debe aplazar / 4. No te desvivas intentando controlar tus emociones / 5. Vive con pasión y sin prisa.

SOBRE LOS OSOS

El oso cuando era fuerte y lo era todo.

La obra fue extraña, futurista, distópica, minimalista. La obra fue lo que tenía que ser cuando acudes a ver teatro no comercial. Mientras veía cómo los androides -representados por humanos- en el escenario lo acaparaban todo, dejando a las personas -que eran actuados también por seres humanos- al filo de un precipicio físico y emocional, yo pensaba sí, en los osos polares, en las NO-COSAS que habitan en mi casa, y en mi madre.

Cecilia, los caballos y el fin del mundo.

A últimas fechas pienso mucho en ella. Pienso en proporción de lo que pienso en mi padre que está enfermo y desmemoriado. Que se cae apenas pone su ganas en pie. ¿Qué siente ese hombre grande del que aún queda su ombligo, su cabello y su tez morena? ¿Mi padre pensará en imágenes o en palabras? ¿Mi padre piensa? Se le fueron tantas cosas y lloro nomás de saberlo. Mi padre, pese a caer en la terrible enfermedad, ha sido afortunado. Mi madre está ahí, con él, sosteniéndolo. Dejando limpias sus crueldades de cuando él se hacía el dictador que, con miedo y manipulación, nos controlaba todo. Mi madre ha renunciado a sus planes y descansos para atenderlo a él. Está sosteniendo con una resiliencia vertical a ese oso decapitado que no para de sangrar.

LAS CARTAS TENDIDAS

No soy fan del género epistolar, alguna vez leí Cartas a un joven poeta (1902) de Rainer Maria Rilke, además de Drácula (1897) de Bram Stoker. Seguramente algunas otras como El diario de Ana Fran (1947) que, si bien no son cartas, al dirigirlas a Kitti, el personaje imaginario que vivía en su diario es que cuenta como tal. ¿Entraría de nuevo yo a ese armario cuya narrativa empieza con la fecha y un querido tú seguido de dos puntos?

La respuesta fue sí, querido lector imaginario. Si entré a ese armario que más que colgar prendas cuelga epístolas que llevan a todos lados y a ninguno. Estaba decidida. Leería esas cartas que una madre coreana le escribe a su hija coreana pese a todo el desánimo que traía encima. Cuando era niña le pintaba dibujos a mi madre, cuando descubrí las letras, le escribí cartas interminables, algunas sí llegaron a ella, otras se quedaron perdidas, otras me las quedé yo.

MAMÁ

Este libro es un libro que les habla a todas las hijas del mundo. La madre aquí es una psicoanalista entrada en sus sesenta que busca dar consejos de vida a todas aquellas que quieran “escuchar”. Yo quería escuchar.

¡HER-MO-SA!

Mi madre, que tiene los ojos tristes y las manos frías no me pregunta mucho cuando hablamos. O bueno, yo no sé cómo hablar de mí que no sea sobre lo tangible y el trabajo. No sé decirle que me da miedo su muerte, no sé cómo expresarle que he probado la depresión en su versión más oscura y que no se la deseo a nadie. Me asusta compartirle todo lo que he descubierto en terapia y que necesito escuchar unos cuantos perdones de su parte. No sé qué decirle. No sé si se lo diga nunca. Por ahora sé que eso no será posible. Carga un pesado oso sobre sus espaldas.

Lo que sí sé es que ella me preocupa. La sueño cada noche. Sueño su vida y sueño su ausencia. Y amanezco aterrada. ¿Dónde estás, mamá? ¿Cómo te ayudo con ese animal descompuesto que habita en tu casa amarilla y cuyo jardín se desvive en tu espera? Sólo sé que estoy aquí, a más de 400 kilómetros de distancia sosteniendo mi vida con palitos frágiles mientras voy al trabajo, regreso y duermo una siesta inmerecida para calmar la ansiedad.

En la noche, cuando me despierto bañada en sudor, mientras hombre, gatos y perra duermen con las bocas abiertas que produce el cansancio, yo te pienso. ¿Estarás también despierta? ¿Estará ese oso llamándote en medio de la oscuridad para que lo abraces porque le dan miedo las sombras de las cortinas? ¿Escucharás tú ese llamado de auxilio al que me imagino, no siempre quieres asistir? ¿Te quitaste los aparatos de tus oídos para caer en el silencio que solo tú conoces y es tan tuyo? ¿Dónde estás, mamá? ¿Cómo te sostienes? Y yo aquí, paralizada, sin ganas de ir, ni de llegar, ni de leer, ni de besar. Yo tan lejos. Tú tan lejos.

¿Y FUNCIONÓ?

Si bien yo quería escuchar y escuché leyendo, descubrí que el libro es bonito, sencillo, bien hecho, pero le faltaba algo. ¿Qué? me pregunté. Le faltaba que no era mi madre esa mujer mayor que escribe con pulcritud, con esterilidad médica, con palabras diseccionadas. Ella no era Cecilia. Mi Cecilia. Esa Cecilia que es un caos en todas sus formas. Esa señora de piel blanca que delinea mal el rojo de sus labios delgados. No era la hacedora de cajas y cajitas que se van colocando aquí y allá en los rincones de la casa. Cajitas lindas, de cartón, de colores, con encajes, con tejidos, con perlitas. Cajitas que guardan todo aquello que uno quisiera decir y que no sabemos cómo. Pareciera que Cecilia y yo hablamos con silencios.

Mi mamá me lo ha dicho todo en su lenguaje medúseo. En fragmentos, entre lustros, con su cocina y sus tamales. Con su refrigerador hecho un bosque congelado. Con sus zapatos llenos de tierra porque anduvo escarbando en el jardín donde tiene a las buganvilias que recién empiezan en la vida. Con sus aretes que siempre que voy a su casa me pruebo frente a su espejo para reconocerme.

Ella dice, pero no usa las palabras. Y yo no sé qué tanto entiendo. Quiero entender. Quizá algún día, a mitad de una tarde cálida, casi rosa, mientras Paulina monta en la pasta y Violeta  toma un cappuccino con sus amigas del trabajo, y el oso se ha transformado en un cúmulo de cenizas, Cecilia y yo estemos en las mecedoras de afuera, las que están en su porche, tejiendo palabras largas. Quizá le cuente entre bufandas mis secretos, mis dolores, mis deseos.

El oso decapitado ha pedido el sacrificio de tus flores.

Cómo me hubiera gustado decirte lo mucho que me hiciste falta en mi pequeña boda en Coyoacán. No fue culpa de nadie que no estuvieras, ni del oso decapitado a quien sería fácil apuntar con un rifle, en todo caso, fue culpa de la enfermedad. Ahora que lo pienso es ella, la enfermedad, quien nos apunta a nosotras.

pd: La gente aplaudió demasiado para mi gusto al terminar la obra. Pero qué se yo de teatro.