

Juan Villoro / Dramaturgia / Almadía
189 MXN$ / 63 págs. / El Péndulo
¿Qué puede decir un hombre solitario sobre la lluvia y el amor? ¿Qué puede decir ese hombre, que además es bibliotecario y tiene un gato? ¿Qué puedo decir yo sobre la lluvia? ¿Podré decir algo sobre el amor? Sí, sobre ese amor romántico, pasional, y sobre esa lluvia que moja hasta dentro que te deja temblando toda la noche sin importar si traes los calcetines más gruesos y un par de cobijas extra sobre tu cuerpo.
Ahora mismo está lloviendo. Llueve de forma inclinada. De forma pesada también. La lluvia se deja arrastrar por el viento, y el viento, no conforme, arrastra nubes y hojas y uno que otro nido con pájaros recién nacidos dentro. Casi siempre la lluvia me arrastra a mí.
Ayer, mientras salía de la clase de la tardenoche en la universidad, empezó a llover. No llevaba paraguas, ni impermeable, es más, ni siquiera zapatos propicios para soportar tanta agua. El camino a casa es largo cuando llueve y tengo que andar un par de kilómetros antes de tomar el transporte público. Ahí uno descubre lo mal que están las banquetas, siempre inundadas de charcos que parecen mares. Luego uno también descubre lo crueles que son los cochistas; pasan montados en sus autos con ventanas arriba sin fijarse si quien está por cruzar la calle será salpicado o no con sus llantas que ruedan a toda velocidad por una avenida cuyos letreros dicen que no más de 60 kilómetros. Y el Uber, que, ante la supuesta ley de la oferta y la demanda, me cuesta más barato un pasaje a Querétaro que llegar a casa.
No me quedó más que caminar. Caminar bajo la lluvia. No me gusta la lluvia. Para colmo de colmos, llevaba el cabello suelto, rara vez lo traigo así, en estado salvaje, casi siempre lo sostengo con un palito para hacerme un chongo y listo, pero vaya decisión la mía. La largura de mi membrana capilar jugó en contra. Mi cabello llovido me llovía. Yo misma era la lluvia.

¿Y LA CONFERENCIA?
Conferencia sobre la lluvia (2013) es un monólogo teatral escrito por Juan Villoro. Es una pieza de hora y media donde un hombre solitario ya entrado en años nos cuenta sobre su vida gris, como la lluvia. Es un hombre mojado que busca hacernos ver que, pese a que la lluvia es lluvia, es hermosa, porque la lluvia propicia la atmósfera perfecta para crear al amor ya sea en cuerpo o en palabras.
Yo creo que la lluvia es medianamente linda cuando estás adentro, pero para quienes estamos afuera, la lluvia resulta un estorbo, no importa qué tan enamorado estés. La lluvia más que ser una alta fantasía que te susurra cual musa los mejores poemas para que los escribas, a mí me resulta paralizante.
Luis ya había visto esta pieza justo en el año de su estreno. Me invitó a verla 13 años después en el Colegio de México con motivo del cumpleaños del escritor quien nos mandó un bonito mensaje televisivo a todos los espectadores donde agradeció las felicitaciones y el homenaje que el recinto le hacía presentando su obra.
Llegamos temprano porque según yo me tomaría un café antes de entrar, pero ya había fila. Una fila larga de personas con rostros extraños que no se atreven a mirar y entonces miran el celular o las escaleras de ese lugar que parece no llevar a ninguna parte. Luego me cacho a mí misma mirando a esos extraños y me regaño y me pongo también a mirar el celular y luego recuerdo que traigo un libro, y mejor me pongo a leer mientras la fila sigue haciéndose larga. Luis conversa, siempre hay alguien que lo conoce. Eso no deja de sorprenderme. Yo nunca me encuentro a nadie y nadie me encuentra a mí.
Ese día de la conferencia sobre la lluvia no llovió. Ni una gota, ni un cielo gris, ni un ridículo vientecillo practicando la amenaza de tormenta se apareció. Al contrario. Hizo calor y mientras escuchaba al bibliotecario hablar del fenómeno de la lluvia, yo me quitaba los calores con mi abanico azul. Sudaba y llovía. Las dos cosas convivían al mismo tiempo.
La pieza es hermosa, te hace reír de pronto, pues el hombre del escenario que hablaba sobre la lluvia buscaba desesperadamente conjunciones copulativas, mientras ellas, las mujeres que creía le pertenecían, solo se hacían las adversativas. Él quería enunciados de corrido, ellas, buscaban los puntos finales.
No me gustó del todo el personaje. Hombre común, hombre ordinario que no sabe qué es una mujer y quizá no lo sabe porque es hombre. No le interesaba la mujer en sí, como tampoco le interesaba la lluvia; le interesaba el pretexto de estar sobre una mujer mientras afuera llovía.

Sé que Villoro es Villoro. Y que Villoro también es hijo de Villoro y que ambos Villoros son inmensos. No me he dado la oportunidad de leer al padre, pero sí he leído al hijo, incluso una alumna, hace un par de años, me prestó un libro al que no pude negarme pese a mi falta de interés; el título era El libro salvaje (2008), una lectura para jóvenes bastante infantil para mi gusto. Ni de niña me gustaron los cuentos infantiles. Así que ahora menos, pero me dije, algo tendrá qué decir este señor.
Villoro es adorado como un dios. Para mí es un mortal con rostro amable y algo falto de empatía. Alguien que no cuida mucho sus palabras pese a ser su materia prima para ser quien es. No lo odio, no lo detesto, pero sí lo juzgo.
EL AMOR
¿El amor crece bajo la lluvia? No lo sé. No me gusta la lluvia, pero sí me gusta el amor, aunque a ciencia cierta no sé bien qué es. He sentido amor, sí, de ese amor que duele y que te llena de ansiedad y te doblega y das hasta lo que no tienes y cruzas fronteras y te arrodillas para darte cuenta de que ese amor no era para ti. Y entonces te llueve sobre mojado.
Lo que aprendí tanto de la lluvia como de esa clase de amor fue a secarme de a poquito. Para secarse hay que esperar. Pacientemente tomé baños de sol, me tiré con la espalda y las piernas descubiertas sobre un piso de barro caliente, me compré calcetines gruesos para que mis pies, entumecidos por el frío y el amor, pudieran tener una temperatura normal. Corté mi pelo chiquito chiquito para que no me escurriera ningún tipo de agua. Usé toallas rasposas para quitar lo más pronto de mi piel cualquier rastro de lluvia. Esos amores de lluvia no me sentaron bien. Casi me ahogan.
MI BIBLIOTECA
El conferencista atiende una biblioteca y, de paso, tiene otra biblioteca en su casa. Es un lector en todas sus formas. Me identifiqué con él. Aunque ahora ya no leo a Neruda y sus referentes no son mis referentes, pero al final eso somos los lectores, fragmentos de libros, de palabras, de ideas. Nunca dos lectores iguales.
A este bibliotecario lector le gusta leer mientras llueve. Le gusta recitar poemas a la mujer que tiene a su lado desnuda en el cuarto de hotel mientras la lluvia resuena sobre los cristales húmedos. ¿Eso es romantizar el amor? ¿Romantizar la lluvia?

A mí me gusta leer por las mañanas, cuando el sol está despegando y los pájaros ruidosos revolotean entre las ramas para llevar el desayuno a sus polluelos de naturaleza desesperada. Me gusta el sol y la luz. Yo no puedo leer mientras llueve, yo no puedo amar si estoy lloviendo.
Mi biblioteca es de madera y de papel, no le sienta bien la lluvia, podría hincharse y derramarse la tinta de las palabras y entonces lo perdería todo, como cuando aquella inundación que nos agarró a Luis y a mí hace cinco años.
En fin… no me gusta la lluvia ni las conferencias sobre la lluvia. No me gusta caminar entre charcos con mis zapatos de tela ni cargar un paraguas de plástico que promete sacarle los ojos a todo aquel que vaya detrás de mí. No me gusta la lluvia, no me gusta ver llover, pero sí me gusta que, al salir del Metrobús, Luis me esté esperando con su chamarra impermeable para acompañarme los otros dos kilómetros restantes para llegar a casa; juntos.