EL PICO DEL GORRIÓN

Daniela Rea Gómez / Ensayo epistolar / Antílope

300 MXN$ / 381 págs / Librería Gandhi


Joseph Campbell decía que la mujer no necesita emprender el viaje transformacional del héroe clásico porque la mujer ya representa el destino. Ella es el hogar y, por tanto, está completa; es el punto de partida y de llegada. Manifestaba que la mujer, al encarnar la vida, no requería salir a buscar la trascendencia porque es la paridora de dicha trascendencia. Estará de acuerdo, querido lector imaginario, que esas primeras líneas que acaba de leer se perciben muy románticas. Qué lindo y poético se escucha cuando no es al hombre a quien se las dicta.

 El hombre es de la Tierra, la mujer es de la Tierra. Convive con ello.

Esta visión quedó plasmada en su famoso libro El héroe de las mil caras (1949) que en su momento leí con una emoción inusitada. Siempre me han gustado los mitos y por fin encontraba a alguien que los explicara, pero sí, en casi todas esas historias los héroes son hombres. La mujer -sea diosa, madre, esposa, incluso monstrua- es una figura estática; forma parte de una fase que el héroe dejará atrás porque va en camino a lo siguiente; siempre a lo siguiente.

Años más tarde llegó Maureen Murdock que hizo a bien cuestionar lo que Campbell proponía en su tesis. Sin permisos ni disculpas creó su propio modelo: El viaje de la heroína (1990). Aquí a la heroína no le es negado el camino de su propia búsqueda, al contrario, tiene todo para emprender su odisea personal.

¿Por qué a las mujeres se les negó el derecho a buscarse? ¿En qué radica esa búsqueda? Para empezar, en reconciliarse con su identidad, en recuperar las partes de sí misma que sacrificó para encajar en una sociedad dominada por el sistema masculino y en escuchar otras voces, a otras testigas sobre el camino invisible y solitario que es habitar el hogar. Ese lugar “privado” que muchos creen que se conforma de simples paredes. No saben que ahí dentro suceden cosas que jamás podrían imaginar.

¿PARA QUÉ TODO ESE PREÁMBULO?

Para decir que las mujeres están/estamos escribiendo desde esa “privacidad” a la que fuimos condenadas desde hace siglos. Esa “privacidad” bien llamada maternidad, cuidados, resignación, violencia intrafamiliar, violación sexual, emocional, económica y psicológica. Estos temas ya no son más algo que se queda guardado en la intimidad del hogar, donde las mujeres –sin importar el rol que representen- deben aguantar porque el Estado decidió que no importa y convenientemente lo catalogó como privado/chiquito/estático/doméstico.

No está demás decir que la “sociedad” ha construido, creído y sostenido que las niñas y adolescentes, las mujeres y sus cuerpos son para otros. Por tanto, se pueden mirar, tocar, lastimar, someter, corromper, violar, vender. Aquí no hay edad… todas hemos estado a disposición de algún otro; un padre, un hermano, un jefe, una pareja, incluso un taxista. Esto me recuerda la frase de Isabel Allende que dice:

Es mejor ser hombre que mujer, porque hasta el hombre más miserable tiene una mujer a la cual mandar.

Este libro lo empecé en un autobús donde es imposible elegir lugar porque ni siquiera hay una terminal que contabilice los boletos. Mi compañera de viaje era una mujer que llevaba en brazos a su hijo de seis meses. Iba a México, al hospital, porque Josué tiene una condición cardiaca y le tocaba revisión médica. Platicamos un rato, le sostuve incluso al chamaquito para que pudiera ir al baño. Paula tiene 29 años y Josué es su cuarta cría.

Enseñamos a las niñas a tener vergüenza: Cierra las piernas, tápate. Les hacemos sentir que, por el hecho de nacer mujeres, ya son culpables de algo.

Yo, en cambio, traía una historia diferente: Mi padre por un lado y mi madre por el otro. Más mi madre que mi padre ocupan mi mente ahora. Él, a quien llamo el oso decapitado, es una figura con la que no me acomodo emocionalmente. Lo saludo, sí. Lo abrazo, también, incluso soy respetuosa de su cuerpo al que no he podido ver en su totalidad porque me da miedo. Ahora es un miedo diferente, ya no viene de su imposición, sino de su vulnerabilidad. Vulnerabilidad que nunca imaginó sobre sí mismo.

Su decadencia y su demencia más que provocarme lo que se supone debe provocarme por ser mujer que es atención, preocupación, cuidado y resignación, me lleva al asco, al reclamo y al silencio. Y entonces me desespero por mi madre que es quien lo cuida día y noche. Él no para de repetir su nombre. No se cansa de llamarla sin importar la hora o la deshora. Su voz se convierte en un eco que invade toda la casa.

¿Debo también cuidarlo yo? ¿Debo renunciar a lo poco o mucho que he construido para apoyar con esta carga? Y es que ahí está la tragedia, porque él, ese oso decapitado que ha sido el gran protagonista de mi vida y de la vida de mis hermanas, hoy en día no se acuerda de su violencia, pareciera que su mente y su conciencia -si alguna vez la tuvo- están ajenas y libres de culpa. ¿Cómo cuidar y sostener al agresor?

Respiré hondo una vez que estaba montada en el asiento 15 del autobús. Abrí el libro y lo devoré. Ahí encontré que cuidar nos conserva, nos sostiene y nos reúne. Pero también cansa, agota, rebasa toda cordura. Fruto es un ensayo epistolar que se compone de un hilo conductor que es la voz de la periodista Daniela Rea quien nos habla de su maternidad y la maternidad de su madre. Se hace acompañar por 14 testimonios de mujeres a las que les tocó ser madres sin querer serlo, madres nacidas de la violencia, hijas huérfanas que no tuvieron más que cuidar de los menores porque quién sabe dónde andaban los padres. Madres malas que eran malas porque el abuso dejó estragos, mujeres que, sin embargo, no se lamentan de la existencia de sus hijos. Testimonios contradictorios debido a que los cuidados y el cuidar no es una línea recta.

SOBRE LAS VOCES FEMENINAS

Daniela Rea Gómez es una destacada periodista, escritora y documentalista mexicana. Su trabajo profesional se enfoca en la investigación social, la política y la defensa de los derechos humanos.

A últimas fechas leo más narrativa escrita por mujeres. No quiero ser radical en cuanto a mis decisiones lectoras y decir que las mujeres son mejores escritores porque no es así. A lo que voy es que me gustan estos temas íntimos, estas voces que hablan desde una profundidad que no he encontrado en las voces masculinas. Hablan y escriben con una poética que también es parte de mí porque al final también soy ellas: vemos el otro lado de las cosas. Sentimos el otro lado de las cosas y no, no es sensiblería femenina, es otra forma de palpar al mundo. Como dijo la activista Efu Nyaki:

La mitad del mundo son mujeres; la otra mitad son sus hijos.

Rea habla sobre su maternidad. La cuenta crudamente. Cuenta su desesperación y su cansancio. Comparte sus preguntas sobre en quién se convierte una cuando pare. Vive ahí una poesía que no había sido alumbrada. Una poesía cruda sobre nacerse madre, sobre ser siempre interrumpida por los hijos, las labores, el esposo y todo lo demás, sobre entender que el amor maternal es un sentimiento humano y como todos los sentimientos es incierto, frágil e imperfecto. Puede o no existir, estar ahí y desaparecer. No debe darse por sentado. Cuántas veces me pregunté si mi madre quería ser madre. Y de no serlo, ¿qué hubiera querido ser?

 Lo femenino en el patriarcado no sería lo que las mujeres son, sino lo que los hombres han construido para ellas.

SOBRE SER HIJA Y HERMANA MAYOR

Me tocó ser la mayor de mis hermanas y, como en muchas familias en México, también me tocó cuidar de ellas. Fueron meses en que nos quedamos solas en una casa sin luz, sin teléfono y apenas con un canal de televisión cuando la electricidad hacía acto de presencia. Yo supe, entonces, que tenía que cuidar a mi hermana dos años y medio menor que yo y a la más pequeña a la que le llevo nueve años. ¿Dónde estaba mi papá? En el trabajo, eso es lo que decía y no se debía cuestionar. En ese trabajo que no tenía hora de entrada, ni de salida, ni fines de semana. Ese trabajo con el que debíamos estar eternamente agradecidas porque pagaba la escuela, los útiles y los uniformes. Mi papá nos llevaba una olla de comida que tomaba de la cocina de cuartel. Comida fría, desabrida, comida revuelta que esperaba que la guardáramos en el refrigerador para comerla en el destiempo en el que vivíamos. Si algo sabía, es que no merecíamos eso, así que aprendí a pedir fiado, aprendí a poner un banquito de madera en la estufa para alcanzarla y me puse a cocinar. Y fue hermoso vernos las tres recogidas en la oscuridad siendo nosotras, esperando a que mamá sanara y llegara pronto de ese lugar al que tampoco podíamos visitarla por ser aún niñas.

Y me hice mamá. Cuidé a mis hermanas. Las llevé a la escuela. Las bañé, ayudé con sus tareas y por las tardes nos sacaba a jugar con los otros niños. Nunca me sentí víctima. Nunca sentí que me faltó mi madre, pero de mi padre, apenas si lo veía. Ni siquiera iba por nosotras a la escuela, enviaba a alguien a que nos recogiera hasta que un día esa persona ya no fue. Y quedaba tan lejos y nosotras tan niñas caminábamos por el filo de una carretera para llegar a casa. Después aprendí a usar un taxi colectivo. ¿Te acuerdas de eso, papá? Me imagino que no. No tienes la mínima noción de esa historia. Con el tiempo me dije que no quería ser mamá y lo sostuve. Me pregunto si era verdad. Al final de cuentas, la primera maternidad que ejercemos muchas de nosotras es hacia nuestras hermanas y hermanos.

SOBRE ENSEÑAR

Las mujeres son las primeras maestras de la vida. De ellas aprendemos a leer y a escribir, a hacer fracciones. Aprendemos a asear nuestro cuerpo y a comparar. Desde pequeñas vemos quienes son nuestras madres y qué queremos de ellas; que admiramos, que no. Yo recuerdo que de adolescente miraba mucho a mi madre. La miraba verse en el espejo, la miraba cantando con sus audífonos enormes puestos, la miraba dormir y la miraba llorar. Ella cree que no lo sé, pero sí lo sé. Sé porqué lloraba; lloraba por mi padre, por su infancia llena de carencias, por su muñeca rota y agusanada, por sus sueños esperando debajo de la cama, lloraba por las maletas que hacía con el afán de escapar y llevarnos con ella, lloraba por la “cobardía” que se adjuntaba al darse cuenta de que escapar era una fantasía. No era tu culpa que nos quedáramos, mamá. No hay para donde irse cuando eres mujer y vives aquí, en este sistema. Todas hemos querido huir de la casa del padre. Todas nos hemos enojado con la madre por ser como es y no entendemos hasta que lo vives como adulta. ¿Para dónde se va uno si todo está lleno de ellos?

Lo personal es político.

Aprendí viendo esa locura y esa histeria. Esas historias de amor que pasaban por la televisión y que, dentro de mí, mientras dibujaba y miraba a la protagonista sufrir, me preguntaba si eso era el amor; así de violento,de trágico. Era luchar contra lo imposible por ser la elegida. Caí en esas creencias. Afortunadamente no me eligieron. Afortunadamente aprendí a elegirme. Yo quería ser como Circe, la hechicera de Homero; tener mi isla alejada de todos y quedarme ahí; en mi propio jardín sin nombre.

SOBRE CÓMO CUENTAN HISTORIAS LAS MUJERES

Este libro no cumple con el viaje del héroe de Campbell. No hay un mundo ordinario del cual salir porque nada es ordinario cuando eres mujer. No hay un llamado a la aventura lleno de promesas y gloria, al contrario, hay un llamado hacia el interior de ti misma que te hace preguntarte sobre la vida que cuidas y que sostienes. Las mujeres siempre estamos sosteniendo algo. Los viajes que hace el héroe dejando todo atrás, acá no existen, se viaja con todo y los hijos pegados al pecho. El mentor no es el brujo de la cueva sagrada, es la madre, la abuela, la tía solterona, la amiga divorciada. No hay guerras donde se matan unos contra otros, la guerra es contra sí misma ante vidas que dependen de ti y de tu cuerpo. El camino de vuelta es un buen sueño, un baño caliente sin prisas, la sonrisa sana de un niño, la mirada noble de tu hermana, la comida recién hecha esperando en la mesa. Un día en la vida de una mujer es extraordinario.

Así que sí, me gustan estas narrativas, donde no hay una secuencia de actos heroicos, sino actos cotidianos que hacen la vida; la verdadera vida. La vida que se crea y que lo sostiene todo.

SOBRE LO INCÓMODO

Todavía hay personas que creen que el trabajo doméstico es una labor sencilla. Me parece un pensamiento conveniente y egoísta. Qué fácil es para el Estado y el capitalismo tomar a los hijos cuando son funcionales y productivos, pero mientras no lo son, ya sea en la infancia, la enfermedad o la vejez, que los cuiden las mujeres, a fin de que ellas cuidan por amor; está en su esencia femenina.

¿Por qué se asumió que somos las mujeres quienes debemos hacernos cargo de esos trabajos? ¿Por qué se asumió que dentro del hogar no opera lo político, sino lo privado? ¿Por qué se asumió, antes y ahora, que el trabajo dentro del hogar no debía ser defendido? ¿Por qué nos convencieron de que nosotras debíamos hacerlo por amor? 

¿Por qué cuando la revolución a inicios del siglo XX nos dio la posibilidad de imaginar un país con una constitución, no se consideró el trabajo del hogar como un trabajo que debía ser reconocido, respaldado, pagado? ¿Por qué cuando se escribía la ley para defender los derechos de los obreros, los mineros, los campesinos, los trabajadores todos, el del cuidado de los hijos, de los mayores, de la pareja, no se consideró?

El amor es el opio de las mujeres. Mientras nosotras amábamos, los hombres manipulaban.

El trabajo de las mujeres cumple una función esencial en las economías capitalistas al reproducir la fuerza de trabajo, sin esto que hacemos cotidianamente, el capital no tendría personas listas para trabajar ni consumir. El trabajo de las mujeres, esas que llaman madres y amas de casa, sostiene emocional, social y económicamente a un Estado, sin embargo, no es reconocido.

Es momento de dejar de estar cómodos. Es momento de descorrer las cortinas de eso que llaman el espacio privado. Y mamá, cuando leas esto, no trates de disculpar al oso decapitado. Ya no más.