

Elisabet Font y Laura Pinto / Ensayo / Salvat
190 MNX$ / 140 págs / Colección Evolución humana
El fuego lo cambió todo: el estilo de vida de las comunidades prehistóricas, sus hábitats, sus costumbres, sus cuerpos. Y gran parte de estos cambios fueron consecuencia de la astucia del ser humano en el uso de este fenómeno caracterizado por la emisión de calor y de luz, que dejó de ser un elemento puramente exterior para empezar abrirse paso en el interior de los cuerpos de los homínidos.
El fuego no sólo modificó nuestra anatomía, querido lector imaginario, también el sentido de comunidad. Alrededor de las hogueras nuestros ancestros comenzaron a socializarse, a intercambiar conocimientos, experiencias y, probablemente, empezaron también a hablar.

El fuego tuvo un importante papel en nuestra evolución física y cultural: nos cambió como especie, pasamos de ser el eslabón más débil de la gran cadena alimenticia, al depredador más poderoso que jamás haya existido sobre la Tierra.
HOGAR VIENE DE HOGUERA
Cuando tengo oportunidad de hablar sobre cultura en la Universidad, me gusta empezar por esta pregunta: ¿qué éramos antes del fuego? Y es que lo damos por sentado, como un elemento que permanentemente ha estado a merced de nuestros deseos y necesidades humanas, sin embargo, no siempre fue así.
De adolescente, específicamente cuando era esa adolescente de secundaria con barros en la nariz, mi papá llevó a la casa una serie de discos que no eran para escuchar música, eran una enciclopedia; la enciclopedia Salvat. Nunca he sido una persona especialmente curiosa en temas tecnológicos, pero hice una excepción al según yo buscar imágenes sobre mitología griega. Cuál fue mi sorpresa al dar con el fuego y con la prehistoria. Un mundo nuevo se abrió para mí entre el disco dos y el disco tres que tenía que estar intercambiando para poder leer toda la información. Desde ahí, quise ser antropóloga.
PREHISTORIA DE TELEVISIÓN
En la televisión, en particular en los programas de sobrevivencia al desnudo o bien, aquellos que imitan las posibles realidades de nuestros ancestros prehistóricos, colocan situaciones donde el homínido lleva una antorcha interminable o bien, saca de su bolso de piel de jabalí unos palitos o unas rocas para friccionarlas y hacer así una hoguera. De pronto, listo, la noche ya está iluminada, el frío hecho a un lado y el conejo bien sabroso puesto sobre las brasas. Bueno, querido lector imaginario, nada más lejos de la realidad.
LA BÚSQUEDA DEL FUEGO
¿Sabía usted que es la antropología forense la que se encarga de buscar restos de fuego prehistórico? ¡Qué labor tan más compleja! ¿No le parece? El fuego no deja rastro, no por lo menos por tantos cientos de millones de años, sin embargo, todo vestigio humano o en su caso humanoide no desaparece pro completo. Se han encontrado fósiles prehumanos que traían en sus primitivos bolsillos una planta que es muy buena para generar combustión; el hongo yesquero. Ese hongo se ha hallado en algunos asentamientos, así como en cuevas donde casualmente existe arte rupestre.
Los antropólogos dicen, a manera de crear una línea temporal y una narrativa de lo posible, que los primeros homínidos tardaron mucho en domesticar el fuego. No es que no lo conocieran, pero no sabían cómo generarlo o mantenerlo.

Hay que saber que por ese pasado en extremo lejano había incendios constantes y muy seguramente ese fue nuestro primer acercamiento con dicho elemento natural. Fueron diversos los intentos para mantenerlo “vivo”, sin embargo, el fuego, así como es de poderoso, también lo es de frágil, en particular cuando quienes pretendían dominarlo eran nómadas.
EL ABUELO DE LUIS
Empecé este libro que es parte de una colección llamada Evolución humana publicada en 2023. Para mi sorpresa, cuando fuimos a la casa del abuelo de Luis, tuve la oportunidad de quedarme con este y otros libros de la colección. No sabía por cuál empezar. Debo aclarar que yo tengo muy buena relación con esta editorial enciclopédica, así que en cuanto llegué a casa me dispuse a leer, recordando también aquellos mozos años en que yo decía que sería antropóloga para encontrar ciudades mitológicas tal cual lo hizo Heinrich Schliemann en el siglo XIX al declarar que Troya existía y no era una ciudad ficticia de la obra de Homero como se creyó por siglos. Y bueno, Troya sí existió y se ubica en una esquinita de la actual Turquía.
Me gusta imaginar a esos primeros seres homínidos alrededor del fuego mientras la oscuridad absoluta los abraza. El cielo, al carecer de contaminación lumínica, mostraría las galaxias y sus millones de estrellas lejanas. Ahí, en círculo, con su lenguaje precario y su soledad a flor de piel, los cuerpos se juntan para calmar su naciente humanidad. Comían despacio, se miraban entre las sombras y pliegues que el fuego otorga, escuchando atentos el sonido de las brasas y observando los colores de las llamas siempre hiperactivas. A lo lejos, el sonido de un animal durmiendo. En la cercanía, el murmullo de los grillos y el zururar de los mosquitos. Así empezó el mundo humano, con una hoguera en el centro que llevó cientos de años poder dominar.
LAS VENTAJAS
Hoy en día todo lo damos por sentado. Nuestra frustración surge más del exceso del todo que de la carencia de nada. Todo está dado, dicho y hecho. No queda mucho ya por inventar, en todo caso, nos queda innovar sobre lo ya inventado. Vivimos en un mundo que ha sido decodificado y renombrado tantas veces que ahora los jóvenes prefieren dejar el lenguaje a un lado y farmear aura usando solo sus cuerpos. Las cucharas han llegado a su máxima expresión, lo mismo que la rueda y otros inventos indispensables para la continuidad de la vida humana.

la misericordia.
En cuanto al fuego lo vemos tan minúsculo dentro de nuestras casas. Contenido en una caja de cartón con 12 soldaditos listos para hacer chispas. Vemos tan común bañarnos con agua caliente, hervir el caldo, o preparar el asador para hacer un buen filete. El mío con gordito, por favor.
Le debemos tanto al fuego: su presencia en nuestras vidas lo cambió todo. Nos dio la oportunidad de evolucionar más que cualquier otro elemento natural. Gracias a él, prendimos la noche, iluminamos los interiores de nuestras cuevas, vencimos el frío, aprendimos a cocinar los alimentos lo que permitió que el cerebro se transformara, nos ayudó a sanar, a cicatrizar heridas. El fuego alejó a los depredadores y aprendimos a atacarlos también con este recurso.
No sabemos con seguridad cuándo comenzó a utilizarse. Tampoco tenemos una fecha exacta de cuándo y cómo llegamos a dominarlo, lo que sí, es que cuando aprendimos a encenderlo, todo en nosotros se modificó: surgió la cultura y de ahí para acá, ya lo sabemos.
A veces conocemos las cosas de la naturaleza no por si significado natural, sino por el significado simbólico. El fuego no es la excepción. El fuego representa el amor apasionado, el castigo para aquel que piensa diferente, la tortura de lo femenino, pero también el calor de hogar, el abrazo confortante, la bienvenida. No más no por dejar, existen decenas de dioses del fuego en las diferentes culturas del mundo. En México tenemos a Huehuetéotl y Xiuhtecuhtli, eran los señores del fuego viejo, el calor del hogar y el centro del universo. Y de nuestras raíces occidentales está Hefesto, el dios griego de la metalurgia, la escultura y el fuego de la forja. ¿En qué fuego cree usted?
COMO COLOFÓN

Me gusta el fuego más que el agua. En todo caso, me gusta el agua caliente y la carne fría. Me encanta el calor, el color del fuego. El olor de la cacerola que hierve. El sonido de la lumbre. De la madera cuando se quema a sí misma. Me cae bien el fuego, combina con todo. Pero también lo hemos usado para destruir y controlar. Pobre fuego que ha perdido su libertad para ser solo eso; fuego.