
Alma Delia Murillo / Narrativa / Alfaguara
299 MXN$ / 242 págs. / Librería El Péndulo
Arranqué mis lecturas del 2026 con Raíz que no desaparece de Alma Delia Murillo. Esta será ya la segunda novela que leo de la autora. Mi primer encuentro fue con La cabeza de mi padre, una historia que me gustó dadas las circunstancias de mi origen.
En la presente entrega, orientada a la desaparición forzada y a un gobierno mexicano que se hace de vista y oídos sordos ante la narcoviolencia, la narrativa transcurre entre la ficción y la verdad. La parte de la ficción es el personaje de Ada; una madre buscadora que va contra su propia pérdida de memoria para no perder la memoria de su hijo desaparecido, mismo que le habla en sueños y le da pistas simbólicas sobre dónde podría encontrar su cuerpo, y la autora, que bien podría ser la mismísima Alma Delia como bien podría no serlo.
La parte de la verdad es toda la investigación que la escritora hizo para documentar y compartir esa realidad que, a quienes no nos ha tocado, apenas si la vemos desde afuera a través de noticias incompletas en las Redes Sociales o bien, atravesadas con títulos amarillistas que alimentan el morbo lucrando con el dolor, la desesperación y la impotencia de quienes buscan a sus muertos.

LA NARRATIVA Y LA PROTESTA
Queda claro que la pieza de la que hoy me encuentro comentando está íntimamente relacionada con la protesta ante la tremenda injusticia que opera como un sistema donde no hay institución gubernamental que salga bien librada. Esta novela no busca decir lo que ya sabemos, sino acercarnos a la vida de una de las cientos o miles de madres (en su mayoría) que andan como La Llorona buscando a sus hijos en fosas clandestinas, en páramos abandonados, en sitios desiertos sin más ayuda que sus propios recursos y una fuerza imparable propia de la naturaleza de quien ha parido un hijo; todo hijo representa una esperanza (yo no lo sé de cierto, pero lo supongo).
En clase de Lingüística comentábamos sobre el significado de las palabras, sus orígenes, sus definiciones, su importancia dentro de los contextos sociopolíticos. Nos enfocamos en la palabra Granada, que bien puede ser una fruta, una bomba, o una ciudad. El objetivo era observar cómo las palabras encierran conceptos, pues no son sustantivas en sí mismas, sino que nos ayudan a acercarnos a una realidad cambiante, como la palabra Cultura, que ha tenido más de 162 definiciones desde que nació y seguirá transformándose. Llegamos a la conclusión de que aún existen muchas cosas que pasan en la vida que no tienen nombre.
En clases es casi imposible no hablar de la violencia que se vive en tan solo la Ciudad de México. Violencia insertada y, tristemente, normalizada en la cotidianidad, misma que asciende a todos los quehaceres del ser humano.
El mundo está lleno de pérdidas a causa de la violencia y su hermana la corrupción. Y sí, quizá caiga en la misma sonata que escuchaba de pequeña cuando los mayores decían que todo tiempo pasado fue mejor. Lo que sí creo es que, gracias a que todos andamos con celular en mano para evidenciarnos los unos a los otros, mucho queda expuesto en las pantallas sin filtros, lejos de la ética y el sentido. Vemos desde la comodidad de nuestro sillón como una enfermera en su coche azul arrastra a un repartidor de 52 años durante dos kilómetros y huye, cambiándole la vida a todos a su al rededor. Lo cierto es que nos estremecemos un poco y seguimos escroleando para ver las fotos de Shakira en concierto.
Entonces el espanto se instala como una extensión del cuerpo, como un apéndice que nadie sabe para qué sirve. Andamos con la violencia en el bolsillo y no nos damos cuenta. Ya no empatizamos con las madres que pierden a sus hijos que tuvieron la mala suerte de estar en el lugar incorrecto, en el país incorrecto bajo el gobierno incorrecto. Yo no creo en esa frase generalista que dice que tenemos el gobierno que merecemos.
De entre las disertaciones juveniles y yo con el libro en la cabeza moderando el debate, surge de repente la palabra HUÉRFANO. Todos sabemos que un huérfano -aunque hay edades más importantes que otras cuando se cae en orfandad- es una persona que ha perdido a uno o ambos padres. Pero, entonces, ¿cómo se le llama a la madre o padre que han perdido un hijo? Y más aún, que ha perdido un hijo del que no sabe dónde quedó su cuerpo; un hijo que ha sido forzado a desaparecer, a convertirse en la incertidumbre misma.
La literatura como protesta se ha puesto en marcha dando voz a los desaparecidos mientras los políticos duermen en sus laureles, o hacen como que hacen mandando comunicados a la sociedad o crean programas apenas visibles de atención a la salud, a la educación o a la equidad. Sabía usted que, si tiene un hijo desaparecido de manera forzada, puede acceder a una ayuda económica de ocho mil pesitos para que lo siga buscando porque la justicia también anda desaparecida. Quizá algún día las madres buscadoras la encuentren desmembrada junto a otros tantos cuerpos en una fosa clandestina.
CUANDO LAS PALABRAS NO ALCANZAN
El dolor de perder a un hijo es catalogado como uno de los dolores más grandes; vacíos que no se llenan con el tiempo. Vacío con el que se aprende a sobrevivir, pero nunca más se vive. Nos pusimos a buscar la palabra. No es posible que no exista. Y en efecto, dimos con ella. Apareció lo siguiente:
Huérfilo: Progenitor que ha perdido a un descendiente.

Si bien es una palabra que define técnicamente, no alcanza a cubrir emocionalmente. Huérfilo no está completamente aceptada por la RAE y, lo más importante, no ha sido aceptada por quienes han pasado por esta experiencia sin retorno. Uno no va por la vida diciendo que es un huérfilo. Palabra más hueca.
Seguimos en la búsqueda. Si esa palabra no existe, es momento de que exista no sólo porque conforma parte de una realidad, sino porque una madre que ha perdido a su hijo, en particular a ese hijo que ha sido desaparecido lejos del hogar, debe tener un nombre que le dé implicaciones sociales, políticas e históricas para alzar la voz y no andar entre las sombras. No es uno más que se fue, es uno más que se llevaron.
Entre todos en el salón de clases quisimos crear esa palabra; no tenía que ser bonita o profunda, sino una palabra que transmitiera el no lenguaje de perder a alguien que se ha parido. Nos pusimos a la tarea de crear. Hubo propuestas, la que encajó fue Karitalb, que más que un sustantivo o un adjetivo como lo es huérfano, Karitalb es un estado; un estado que hace alusión a la pérdida irrecuperable del alba, del amanecer. Podría darle aquí las etimologías y demás para justificar el nacimiento de este término que vio la luz en un aula, lo cierto es que sigue en proceso de incubación. Hacer nacer una palabra desde el dolor es simplemente muy complicado.
LOS ÁRBOLES TAMBIÉN DESAPARECEN
No puedo olvidarme en este proemio de los árboles, ellos son muy importantes para la narrativa de la historia. ¿Qué tanto habla un árbol a quien le entierran cuerpos? ¿Cómo se sienten sus raíces al saber que ese muerto que yace debajo de él busca justicia y tiene una madre que lo busca?
Hasta hace un par de décadas, se creía que los árboles eran las criaturas vivientes más antiguas del planeta, ahora se sabe que son los tiburones. Aun así, los árboles han visto cosas que los hacen sabios y serenos; nos vieron bajar de sus ramas para erguirnos en dos patas, vieron cómo tomamos sus maderas para construir ciudades, amueblarlas y hacerlos partes de nuestros ritos donde, casi siempre, ellos terminan en cenizas. Ahora también son cementerios.
Esto me hace pensar en una novela muy bonita que leí hace algunos ayeres y tiene relación con los árboles, en convertirse en uno, en un día descubrir que eres un ahuehuete, un abedul, una palmera que no encuentra el mar, o un tronco caído en medio de una carretera solitaria. No tenía mucha esperanza con esa lectura y, vaya sorpresa, fue un libro que se quedó hondo. Por aquí lo tengo, se llama La vida secreta de las plantas del autor coreano Lee Seung-U.

Raíz que no desaparece se leyó en dos partes; en el transporte público y en el hospital. Mi padre se encuentra internado debido a un tumor maligno que lo hace sangrar. Es otra la realidad cuando uno de los tuyos está en esa frágil frontera de la salud y la enfermedad; entre la vida y la muerte.
Y ahí, mientras veo a mi madre dormir de agotamiento en un sofá, y a mi padre acomodarse en la cama para que no se le salga el catéter, sin más testigos que una bolsa de sangre que de a poco le devuelve el calor a las venas violetas de mi padre militar, yo leo, hago como leo.
Sí, dije bien, MILITAR. Lo sé, todo en contra de ellos. Ellos saben dónde están los desaparecidos. Ellos los desaparecieron. Qué sabrá el mío, el General de Brigada que por años anduvo todos los caminos y de los que conoció su secretos; secretos que quizá nunca me confíe porque su memoria se fuga a los años de su infancia y ahí se queda.
Mi padre, este padre que me tocó, es mi raíz y yo sus ramas. Nunca me había sentido tan niña como ahora que me nace cubrirle los pies hinchados para que no sienta frío o esconderle las galletas porque no sabe de tantito y debe mantener una dieta balanceada para que el tratamiento vaya bien. Soy también la hija adulta que después de dar clases se mueve por la ciudad para estar ahí y preguntarle si ya comió, si le duele algo más que la vida. Lo confieso, al momento de regresar a casa me paso a ver a las palomas que anidan en los árboles del hospital; lugar monstruoso que tiene siempre sus más de cien ojos abiertos.
La vida es extraña y, si uno le quita sus filtros, resulta aterradora. Pero hay que seguir, sea lo que sea que eso signifique. Yo seguiré buscando esa palabra con el terror que me da convertirme en una huérfana. Seguiré aquí, en la habitación de un hospital procurando a mi padre. Seguiré rezando a un dios de quien cuestiono su existencia para que ese ser que me alimentó con sus semillas fraccionadas regrese a casa. Seguiré pendiente a que los desaparecidos aparezcan.
Perdone que no le desee un buen año, querido lector imaginario. Este 2026 empezó con las corolas lastimadas.