
Margo Glantz / Ensayo-bio-novelado
340 MXN$ / 283 págs / Sexto Piso
Por breve herida es el primer libro que leo de Margo Glantz. Sin embargo, no me es ajena, la he visto en entrevistas, cápsulas, leído sus artículos, incluso hasta le di un abrazo en la recepción de un teatro en Coyoacán mientras Luis terminaba de despedirse de sus amigos actores. Cabe decir que ahí mismo tuve la oportunidad de saludar a quien fuera mi maestro Mario Bellatin y por lo que vi, amigo entrañable de Glantz.
Tiempito después se hablaba de una pandemia en China que, para los mexicanos, no nos resultaba extraordinaria. China está del otro lado del mundo y no encontrábamos la relación de por qué la noticia era tan relevante. Durante ese lapso de ingenuidad, Luis y yo recorrimos la feria de editoriales. Quedamos en que compraríamos dos libros máximo, pues además de tener un presupuesto limitado, en casa hay muchos vadecúmenes que nos esperan.
Llegamos a la editorial Sexto Piso. Ya traíamos varios ejemplares en las bolsas. Empezamos la búsqueda de algo. Y ahí estaba, una pequeña pero sustanciosa colección de libros de Margo Glantz. A mí me emocionó uno que se llama Yo también me acuerdo (2014). Era caro. Para mi bonita sorpresa, Luis tomó Por breve herida (2016). Y como lo que es suyo es mío y lo que es mío, es mío, sonreí.
Y aquí estoy, redactando un proemio a la par que imagino a Glantz con su vanidad prendida y de la que yo día a día voy careciendo —sí, en gerundio—. Reconozco su sonrisa roja y pequeña. Sus collares bombosos y su vestidura elegante. Aquí estoy, tan cerca y lejana de la Glantz, escritora maravillosa que mezcla intelecto y glamour. Leerla es leer al mundo.

Este texto, que primero empezó Luis y que en cuanto terminó lo tomé yo, más que una novela como la clasifican los clasificadores —intencional la repetición de la clasificación— es para mí un ensayo-bio-novelado donde la autora nos comparte su relación con los dientes y con Francis Bacon, un pintor surrealista disruptivo que le causa fascinación o ¿morbosidad? Tan es así, que la portada de su libro es una pintura del artista en cuestión. Es una derivación de la maja de Goya. Está desnuda con los brazos cruzados sobre la cabeza. Los pechos conviven separados uno del otro y cada pezón mira a un lugar geográfico distinto. Las piernas se visualizan juntas, semidobladas y orientadas hacia la izquierda. El cuerpo es relleno, carnoso, rollizo, robusto, corto, no fino. Carnal. Su rostro es violencia. Algo mucho-primitivo. Muestra los dientes. Unos dientes pirañescos que parecen interminables en la arcada de la boca. Es terrible. Es sexual.
Sexual como la boca. Sexual como los dientes. Sexual como la cavidad donde habita la lengua y se asoma discreta la epiglotis. Sexual como mamar, comer, masticar, moler, gemir. ¿Los dientes son la sexualidad?
Durante las 283 páginas que tiene el libro vemos, además de los inventarios de instrumentos dentales como la fresa, el espejo de cabeza redonda, los fórceps, las pinzas, los taladros o los cárcules, una Margo convertida en Penélope, en ese ¿femenino? arquetipo de la espera. Espera eterna, constante, perpetua, termitente, doméstica. Así me la imagino yo, con sus zapatos verdes, sus bolsa enorme con una biblioteca contenida dentro, con la boca de granada a punto del estallo por el rojo sangre del labial combinada con la sensible calma de la espera, con la paciencia de la espera, con la espera de esperar en una salita de espera mientras se lee. ¿Los lectores somos más pacientes con la espera?
Yo también voy al dentista, también leo y espero, como una Penélope o una Margo. Ahí me quedo, hasta que viene a recibirme mi dentista de cabecera. Se me presenta preparado, con guantes, cubrebocas, lentes especiales, bata blanca y ese olor que caracteriza a los profesionales de la salud. Me saluda con una familiaridad que no me es familiar. En su mesita de trabajo, tan diminuta y metálica está mi expediente. Revisa mi radiografía anterior. Me indica que luce bien la endodoncia corta que me practicó hace unos días. Que si he tenido molestia. Me pide abrir la boca y con su dedo azulado por el plástico del guante toca mi encía. Ya no hay inflamación. Todo está bien y creo que sonríe. Entonces, yo también creo que lo hago.
Aunque las noticias son buenas, todavía falta. Quitar y poner cemento hecho a base de calcio, revisar que no haya tejido vivo para poder cerrar para siempre la muela. Otra radiografía. Otra cita. Otra espera. Curiosamente, mientras espero, podría llevar el libro de Glantz al consultorio, incluso podría presumírselo a mi dentista. Pero no lo hago. Tengo mi libro de las esperas. Así que ese es el que toca. El de Margo ya será para la noche. O para cuando haya sol en el pequeño patio de nuestro departamento que tiene por carácter inundarse a la menor provocación.
Luis me pidió que no lo rayara. Como hace siempre que toco un libro que considera valioso. Soy torpe, insensible. No me importa usar un bicolor y cuando se pierde, un plumón verde, después pasar a un marcatexto naranja, incluso he usado crayola en momentos de extrema urgencia. Es que no me sirve de nada doblar la puntita de la hoja. Necesito marcar. Morder.
Pero el libro aunque es mío porque es de Luis, lo respeté. No violenté su integridad, así que con clarito gris del lápiz subrayé el nombre de todos esos personajes que la autora comparte tuvieron problemas dentales. ¡Es impresionante lo difícil que es llegar a los 40 con la dentadura intacta!
Entre esos personajes están Cervantes, Ramses II, Thomas de Quency, Roberto Bolaño, Spinoza, Van Gogh. Entre los ficticios yacen Berenice de Edgar Allan Poe, Drácula de Bram Stocker y el Quijote, que bien dijo:
La boca sin muelas es un molino sin piedras. Y en mucho se ha de estimar un diente que un diamante.
Algunos libros que encontrará sobre dientes, querido lector imaginario,son nada más y nada menos que el de Valeria Luiselli que habita en el menú literario de este anecdotario de lecturas. Se titula La historia de mi dientes (2013); Historia de los dientes y los dentistas (2025) de José Ramón Alonso Peña; La vida secreta de los dientes (2021) de Mariana Tolosa y este último que sí leí, pero no sé por qué no le hice proemio, se llama simplemente Los dientes (o sobre el dolor) (1989) de Sabina Berman y acá, entre nos, es un joyita.
De los dolores más fuertes que un humano puede atestiguar sobre su propio cuerpo está el dolor dental y es que sí, las muelas, los premolares y los colmillos están directamente conectados con los nervios. ¿Cómo no va hacer así? Hay quienes incluso se han quitado la vida por lo insoportable que puede ser un dolor de ese tipo. Por ahí investigando, leí el caso de un joven muchacho solitario de finales del siglo XIX que, ante la desesperación de un dolor que se siente pero no se toca, se aventó de un puente. Antes de hacerlo se desnudó. Entre sus ropas encontraron un mensaje póstumo que decía: El dolor de muela es insportable. No es un caso aislado ni mucho menos antiguo. Si busca en la red, querido lector imaginario, encontrará situaciones similares. Es increíble que en pleno siglo XXI recibir atención dental sea tan complicado, pues el servicio privado puede ser inaccesibe para gran parte de la población en países subdesarrollados.
El lunes me ponen la incrustación. Si todo sale bien esperaré sólo lo necesario, ¿cuánto es eso? y procederemos al tratamiento que incluye zirconia y muchas promesas ancladas a retrasar la corona para mi muela. ¡Long Live the Queen! Después, haré una prueba de mordida para revisar que la precisión esté correcta. Esto es muy importante, porque así como las huellas dactilares, los dientes son únicos, por eso la odontología forense.
Gracias a esa ciencia escabrosa podemos reconstruir la vida de un Neanderthal y ahora, en la actualidad, reconstruir la identidad de algún cadáver. En mi caso no llegaremos a lo forense, pero sí es vital que la precisión no se olvide. Tengo la mordida chueca y, además, padezco bruxismo, por lo que necesito que esa incrustación quede rebien pegada para que cuando olvide ponerme la guarda y ande en mis altos niveles de ansiedad, no rompa la pieza con mis rechinidos nocturnos.
Margo tímidamente dice que es bruxista. También usa una guarda y ambas tenemos la arcada pequeña, lo que se vuelve un problema porque nuestros dentistas de cabecera nos piden abrir más la boca cuando ya no se puede por más que force mis comisuras. Mi boca no es infinita. ¡Lo lamento!
Con la motivación brindada, me di a la tarea de buscar la obra de Bacon en Internet y me percaté de paso, que también se menciona a un tal Lucien Freud, del cual tengo un libro en casa. Las pinturas de estos hombres complejos y complicados son abiertas y desnudas. Genitales expuestos y rostros dolidos. ¿Eso es ser? Inquietud constante dentro de contenidos de carne y órganos. ¡Nos comemos la vida cruda! Más vale tener dientes.

Margo, me ganaste con una ventaja de 15 años la idea de escribir sobre dientes. Lo hiciste de maravilla. Es cierto que yo no tengo problemas severos de dentadura. Pero me atraen, me atraen sobre todo los molares que ya no están. Los que se vuelven inexistentes. ¿A dónde se van? Yo aún conservo como pieza de colección mi única muela del juicio vislumbrada y extraída. La guardo con cuidado en un ratoncito de plástico que el dentista me obsequió como si fuera una niña a la que le regalan una tortuga. Cuido mi pieza destazada. Dio batalla. Se negó a salir entera. Quizá alguien, algún día, de algún tiempo, encuentre mi pieza y se diga algo de esta alguien que busca desesperadamente ser algo. Cuánta responsabilidad para un diente.
Es difícil definir el horror. Me calmo. Así se abre. Así se cierra. ¿La boca? ¿La primera y última frase de este libro? ¿La vida? Adiós.
2 comentarios sobre “Por breve herida”