El infinito en un junco

Captura de Pantalla 2022-02-06 a la(s) 21.42.35Irene Vallejo / Ensayo / Editorial DEBOLSILLO & Siruela /

Desde adolescente he tenido curiosidad por el origen de las cosas. Así que en mi pequeña y valiosa biblioteca casera resguardo libros en cuyos títulos aparece la palabra “historia”. En ella —en la palabra historia— se encierra para mí el principio y los principios explican el mundo. Me gustan los principios de principio a fin, me gusta escuchar, ver u oir cómo surge la historia de un alguien o un algo.

Fui a mis estantes a revisar qué libros tengo con esta palabra incluida, aunque con ello no quiero decir que otros ejemplares que habitan mi refugio no hablen sobre el por qué de las cosas. Algunos de mis vademécums son Una historia descabellada de la peluca, Una historia épica de la medicina, Historia de los griegos, Historias de salvajes, Una historia de la lectura, Otra historia de la sexualidad, Una historia natural de los sentidos, Historia del cine, Breve historia del tiempo, Una breve historia de la misoginia e Historia de mujeres y sí, todos han sido leídos, pero no todos han sido anecdotados en este espacio.

Cuando me enteré que había un libro jovencísimo escrito por una bellísima escritora de ojos celestes llamada Irene Vallejo que hablaba sobre la invención de los libros en el mundo antiguo, no dudé en hacer caso a las recomendaciones. Presta y dispuesta tomé a Luis de la mano, nos subimos a un microbús para ir a la librería de confianza y pedir por tan expectante ejemplar con todo y que traíamos el cansancio de haber ido hasta el fin del mundo por la segunda dosis de la vacuna covidiana.

-Hola, buenas tardes. ¿Tendrá el libro de Irene Vallejo?

-¿Se refiere usted al infinito en un junco?

Justo a ese me refiero. ¿Aún le quedan ejemplares?

-Sí, sí lo tenemos. Espere aquí por favor. Ya se lo traigo.

Me quedé sentada en una salita de tres silloncitos que no sabía si eran de adorno o de verdad uno podía extenderse con toda su humanidad. Yo me extendí. Mientras esperaba, hacía números en mi cabeza. ¿Será que puedo llevarme Historia del rey transparente? Si bien tengo un ejemplar en casa que es más bien de Luis, no estaría de más tener uno extra por cualquier cosa. (Acabo de notar que también tiene la palabra “historia” incluida). Además, sumaba el costo de un libro de Haruki Murakami, más otro de Guadalupe Nettel, más una agenda 2022 para mi amado que por esos días buscaba desesperadamente organizar su vida. Mientras esa tesis doctoral siga en proceso, dudo que las agendas ayuden en algo, pero ante la inevitable verdad, preferí callar y dejar que eligiera una esperanza color gris con hojas hueso en su interior.

—Aquí está, señorita —me dijo el empleado. Yo me sorprendí por el libro y el señorita.

—Gracias, agradezco su ayuda.

—Si necesita algo más, avíseme.

Con el ejemplar en mis manos me senté nuevamente en el sillón individual de simulación victoriana. Era un libro enorme de portada fina y letras en relieve doradas. Lo giré para ver su precio, era excesivo, pero también era diciembre y también era la versión de lujo.

Acá entre nos, no me gustan las versiones embellecidas. Soy torpe y poco cuidadosa. Si bien amo los libros y la objetividad que representan, me gusta subrayarlos con marcatextos, hacer anotaciones con lo que encuentre a la mano, doblarlos, les pongo la taza de café encima, suelo —y esto puede ofender a muchos— pasar las hojas con mis dedos embaturrados de chile porque, pues cuando leo, también como palomitas. Esa versión en definitiva no era para mí. ¿Qué hacer? Me urgía el libro, lo quería para mis vacaciones de fin de año que había esperado con tanta vehemencia. No podía no tenerlo.

—Mira  —le dije a Luis— sí tienen el libro pero sólo en bonito. Creo que no me lo llevaré.

—Pero si para eso venimos, por el libro de Irene Vallejo. ¿Cómo que no te lo llevas?

—Es que mira  —le insistí— es bonito. Sabes lo que eso significa, ¿verdad?

—Ya vuelvo. Te encargo mis libros.

Como una niña a la que han mandado remendar su muñeca de trapo me quedé ahí, en la salita, viendo uno a uno los libros que the one había elegido para sí. A los pocos metros, una mujer discutía con un empleado por un termo color rosa que ya no estaba en venta y que ella había visto la semana anterior. El pobre hombre, con una paciencia heroica, le explicaba que ya no había más en bodega y la histérica señora no dejaba de decirle que le había prometido uno como el de ella a su amigui del yoga. Nunca entenderé a la gente que va a una librería, donde hay cientos, miles de libros fabulosos, a comprar exclusivamente botes para contener líquidos. En todo caso, podría ir a una tienda especializada en bebidas, como a una cafetería que también suelen vender accesorios.

Cerrada la historia de la mujer del termo, regresé a la intimidad de Luis. Vi con más calma los títulos que había elegido; El quijote de la mancha del célebre Cervantes; El hombre y lo divino de la filósofa María Zambrano y Cuerpo contra cuerpo de la elegantísima Margo Glantz. Interesante, me dije, mientras miraba los índices y decidía si una vez en la casa los desaparecería discretamente de su biblioteca para pasarlos a la mía.

—Para que le hagas lo que quieras —me dijo con una sonrisa que de inmediato correspondí.

—¿Dónde lo encontraste? Pensé que sólo quedaba la edición de lujo. ¡Gracias!

La portada es hermosa con todo y que sea la versión rústica. El color del fondo es amarillito claro que bien podría llevarnos a un verde muy discreto. En el centro hay una ramita de junco con sus espigas trigueñas y el título en letras negras y grandes en el centro. El nombre de la autora está hasta arriba en mayúsculas doradas. Las hojas del interior son recicladas.

Estaba lista para empezar el viaje, para adueñarme de ese principio donde las cosas sucedían por primera vez. Creo que por eso me encanta el mundo antiguo, porque todo es inédito y asombroso. Los libros no fueron la excepción. Página a pagina leí sobre este maravilloso invento que ha superado la prueba del tiempo y que como bien dijera Umberto Eco, pertenece a la misma categoría que la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras. Una vez inventados, no se puede hacer nada mejor. Sé que me podrán discutir los amantes de la tecnología que ahora existe la tablet y cientos de bibliotecas digitales donde se pueden descargar libros en formato PDF y guardarlo en un pequeño dispositivo, pero…

Si bien tenemos más años de prehistoria que de historia, me imagino esa primera vez cuando a un alguien se le ocurrió dejar registro de sus posesiones, de las memorias, del conocimiento adquirido, de las ideas que escapan como aves salvajes si éstas no se atrapan en pleno vuelo. ¿Dónde, dónde? Se preguntó dicho Homo Sapiens antiguo. ¿Dónde puedo guardar aquello que nombro y que sueño? Tras siglos de búsqueda de soportes y de escritura sobre piedra, barro, madera o metal, el lenguaje y sus maravillas encontraron finalmente su hogar en la materia viva. El primer libro de la historia halló su cobijo en la médula de una planta acuática, convirtiéndose en un ente flexible, ligero; preparado para el viaje y la aventura.

En esta asombrosa historia del nacimiento del libro, uno también aprende cosillas interesantes sobre Sócrates, Aristóteles, Platón, Hesiodo, Ovidio, Quintiliano, Marcial, San Agustín y muchos otros personajes que hicieron de este periodo de la vida humana un lugar interesante del cual se sigue explorando. También se habla de algunas mujeres como la sacerdotisa Enheduanna, que vivió mil quinientos años antes que Homero. Fue de las primeras en firmar un texto con su propio nombre y hoy en día se le conoce como la Shakespeare de la literatura sumeria. Gracias a ella tenemos una primera descripción de un parto creativo. Siglos más adelante, podemos hablar de Aspasia, la esposa bien amada de Pericles que para estar con ella rompió su matrimonio anterior para así poder unirse a esta hetaira de Asia Menor. La inteligencia de su adorada tesora ayudó a Pericles en su carrera política. El mismísimo Platón llegó a decir que ella escribía los discursos para su esposo, donde, además, defendía la democracia.

¿Qué otras mujeres aparecen por aquí? Ah, pues nada más y nada menos que Sei Shonagon, una escritora japonesa del siglo X que en su famoso libro de la almohada, que 900 años después se hizo película con un muy jovencísimo Edward McGgregor, incluyó 164 listas. Anotaba todo aquello que fuese posible catalogar en orden descendente. Ella encabezaba sus epígrafes con títulos muy sugerentes como: Cosas que aceleran los latidos del corazón; cosas que deben ser breves; cosas que pierden al ser pintadas; cosas que están cerca aunque deben ser distantes; personas que parecen satisfechas de sí mismas; nubes y cosas que me gustan particularmente. Me dieron tremendas ganas de hacer listas así de bonitas. Yo hago muchas listas, no funciono sin ellas, ahorita la lista que tengo visible es la lista de palabras que mis alumnos de Comunicación tendrán que conceptualizar en la clase del martes. Me causa curiosidad escuchar lo que tengan que decir sobre la suciedad, la belleza, la tristeza, la satisfacción, la ilusión, la caída, el color, lo atigrado, el beso, la libertad, la delicadeza, la naturalidad y lo complejo.

No menos importante tenemos a la hermosa Hipatia, que muy seguramente lo que menos le importaba era ser hermosa. Esta mujer, que era toda una astrónoma y matemática, tuvo el privilegio de habitar en la biblioteca de Alejandría, aunque los años dorados de esta creación de Ptolomeo ya habían pasado. Todos conocemos un poco de esta científica que tuvo la mala suerte de vivir en tiempos convulsos, pues los cristianos nacientes, con un miedo irracional a lo pagano y a las mujeres, no hicieron sino destazarla con conchas de mar hasta dejar nada de ella, de paso, Cirilo, lleno de envidia la hizo desaparecer de todos los textos donde se le mencionaba. Cabe decir que la ironía es que Cirilo fue glorificado y hoy en día es un santo al que se le festeja cada nueve de febrero. ¡Un día antes de mi cumple!

Este libro que nos cuenta la historia de sí mismo se conforma de 451 páginas. Su lectura es ligera y bastante digerible. Uno se enamora de los pasajes, de ese Egipto exótico y lleno de mosquitos que musicalizaban con su zumbido las noches calurosas a las orillas del Nilo. Vemos a una Grecia en túnicas blancas con su ágora mercantil y filosófica, donde los hombres se recargaban en las rocas bajo la sombra de los árboles para hablar de todo y nada. Roma no puede faltar, con sus grafitis primitivos, sus baños públicos y sus laureles secos en las cabezas de las mujeres de falsa rubietud; mujeres de senos grandes y de sesos igual de interesantes.

Mucho de lo que tenemos hoy en día es gracias a ese mundo que poco a poco se olvida. Mucho de lo que hoy conserva nuestra memoria histórica es gracias a esos hombres soñadores y guerreros que pensaron que había algo más que la conquista y la sangre; el resguardo del conocimiento, de cada cultura conquistada, por ello Alejandro Magno y su íntimo Ptolomeo diseñaron entre besos y mordidas lo que hoy conocemos como el museo, ese lugar sacro con olor a gardenias y orquídeas donde se protegen y se consultan los libros, donde las musas habitan fuera del mundanal ruido, donde el intelecto está seguro del caos de todos los días.

Los historiadores y los antropólogos nos recuerdan constantemente que los cambios son lentos. Víctor Lapuente Giné dice que la sociedad contemporánea padece un sesgo futurista. Cuando comparamos algo viejo con algo nuevo —como un libro y una tableta, o una monja sentada junto a un adolescente que chatea en el metro— creemos que lo nuevo tiene más futuro. En realidad sucede lo contrario. Cuánto más años lleva un objeto o una costumbre entre nosotros, más porvenir tiene. Lo más nuevo perece antes. Es más probable que en el siglo XXII aún haya monjas y libros que WhatsApp y tabletas. En el futuro habrá sillas y mesas, pero quizá no pantallas de plasma o teléfonos móviles. Lo malo es que no estaremos ahí para verlo.

Por último quiero decir que, además de que agradezco a Irene por este fabuloso ensayo que habla detalladamente sobre el principio de los libros, coincido con las palabras de Jorge Volpi: “El infinito en un junco nos permite volver a tener esperanza en nosotros mismos y en nuestra imaginación. La gran empresa del libro es una de nuestras grandes conquistas como especie”.

Cuando el principio se acaba, ¿qué queda? El principio es el fin en sí mismo, una serpiente que se devora circularmente. Ante este final tan terrible que es cerrar un libro, me queda buscar otro, otro principio, otra historia. Confío en mi buena suerte y en el mundo infinito de la palabra escrita que habita silenciosa en los juncos.

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