Diccionario de nombres propios

Amélie Nothomb / Narrativa / Anagrama

195 $MXN / 135 págs. / Todas las librerías


Era miércoles. Miércoles aparentemente normal. Normal en cuanto a clases y esperas. Esperas que se acumulan a la mitad de la semana y no queda más que avanzar. Avanzar hacia el signo solar de Piscis que se posiciona en lo incomprensible. Incomprensible es que todos los días esta ciudad amanezca contaminada, y nosotros —sus habitantes— intoxicados de alergias y loratadina. Loratadina y café de termo amarillo me brindaban la maravillosa posibilidad de estar solo conmigo por la siguiente hora y media antes de clase. Clase de Lingüística, ¿o era de Semiótica? Ya no recuerdo. Recuerdo que siempre salgo de las escuelas y de las cosas como si estuviera huyendo. Huyendo del ruido, de las máscaras, de las sonrisas que invento, de las palabras que nombro, de la yo que he creado para dar la sensación de calma a los otros que no tienen ni idea de quién soy.

Era miércoles. Miércoles aparentemente normal. Normal con sus nubes y sus pájaros. Pájaros que alimento y cuento de uno por uno para ver si están todos. De todos los todos tengo una paloma que es mi favorita. Favorita porque es flaca, famélica y fea. Su fealdad maltrecha me obsesiona de una manera ridícula y anónima. Anónima soy, como las aves desnutridas, como los lectores, como los que esperan.

Era miércoles. Miércoles aparentemente normal. Normal hubiera sido que me fuera a mi parque del David desnudo a estar sola. Sola para mirar a los que caminan, a los que se hablan entre sí compartiendo sus prisas. Prisas de las que soy ajena. Ajena del tiempo. Tiempo de horas verticales, tiempo que defiendo mío y amo. Amo la pausa de entre un estar aquí y de entre un estar allá. Mi allá predilecto son las librerías. Librerías nuevas, debo decir. Decir que las librerías del viejo me aburren con sus tomos de letras chiquitas y portadas oxidadas sería escandaloso.

Era miércoles. Miércoles donde me sentía un tanto malva. Malva es un color que nunca había experimentado, y me puse, entonces, a experimentar. Experimentar la lectura de un libro escogido al azar. Azar que me trajo a ti, Amélie. Amélie Nothomb, escritora autista que no busca complacer. No complazcas, hermosa vampira, tú ya estás más allá del bien y el mal.

Si miércoles fuera miércoles.

Era miércoles, sí, el mismo. El mismo que se acomoda después del martes y antes del jueves. ¿Qué sabe usted de los jueves, querido lector imaginario? Imaginario es el camino que uno anda en esto llamado realidad. Realidad que tú, Amélie, cambiaste con tu cinismo desacomodado y te admiré. Admiré que mientras te leía descubría ese orden que solo los ilógicos comprendemosComprendo -también- que si Aristóteles naciera de nuevo te comería los ojos vivos al ver que no aplicaste sus gráficas poéticas.

Era miércoles y abrí tus páginas. Páginas silvestres que cuentan la historia de una bailarina desde la mirada autista. ¿Autista tú? ¿Autista yo? ¿Autista quién? ¿Todos? Todos tenemos algo de autistas, eso dicen. Dicen los “normales” que arrogan saber porque nunca han tenido la necesidad de ser otros. Otros como nosotros que miran desde fuera de las ventanas.Tu ventana es tan luminosa, Amélie. Amélie es su propia obra. Obra rara, inquieta, exigente, incompleta.

Era miércoles, un día aparentemente normal, pero no lo era porque apareció Plectrude. Plectrude, sí, la bailarina del cuento. Cuento sin moraleja, sin final feliz, sin belleza. Belleza que estorba demasiado y, como a Plectrude, no la quieren a ella sino a su apariencia de hada. Hadas; criaturas etéreas de gracia vaporosa que solo gustan por cómo se ven. Ven a las preciosas como si no tuvieran interior. Interior que tú sí tenías. Tenías deseos de ser una bailarina, naciste para eso, pero la vida no es fácil. Fácil hubiera sido saltar para emprender el vuelo, porque eso quieren las que son como tú, volar. Volaste poco, volaste bajo, la presión fue demasiada y llegó la anorexia. Anorexia donde, además, se sumó la obsesión, el asco, el cuerpo descompensado, casi insostenible, aun así, no dejabas de ser estorbosamente bella.

Era miércoles, se acercaban las horas ajenas como mujeres altas vestidas de jeans y camisones blancos. Blancos son los jardines con sus extranjeros de ojos azules que no miran. Miran -si acaso- con su idioma extranjero y lo compran todo. Todo, excepto al vagabundo que los ignora con una frialdad heroica. Heroica me levanté para ir a clase, para recordar en qué nos quedamos, para preguntar por qué no ha llegado Silvia.

Era miércoles y te leí de una ojeada. Era miércoles y te conocí por azar. Era miércoles y le diste nombre a un cuento que tiene por título Robert des noms propres en tu lengua materna. Era miércoles y permitiste que tu personaje te matara. Era miércoles y dejaste vivir a Plectrude con su amante negro Saladín a las orillas de la aceptabilidad.

Era miércoles y ya.

Amélie Nothomb (1967) ha hablado abiertamente sobre su autismo (o síndrome de Asperger), identificándolo como una característica central de su vida y obra, especialmente en su infancia y adolescencia, manifestando una forma de percibir el mundo muy diferente, a menudo absurda para los demás, lo que explica su visión única y su fascinación por lo «monstruoso» y lo extremo.

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