Edith Wharton / Ensayito / Editorial Centellas /
Feliz año 2023 en pleno febrero, querido lector imaginario. Un año más, un año menos, qué más da. Pero aquí estamos, con la nueva agenda lista para ser llenada con los deberes laborales y los pendientes personales. Con los propósitos intactos y la inflación al tope. ¿Sabía usted que a mí me encanta comer palomitas de maíz mientras leo y acompañarlas con un poco de salsita botanera para no dejar los libros manchados? Bueno, le cuento que este año la dichosa salsita de marca popular y de 430 ml ahora cuesta 17 pesos. Sí. ¡Increíble! Ha subido más del 60% en comparación con el apenas recién año pasado. Y seguirá subiendo. De sólo pensar en todo lo demás que se irá hasta el cielo se me pone la piel de gallina porque, usted sabe, hay que trabajar lo doble para ganar lo mismo y al mismo tiempo hacerle frente a esta economía desmesurada. De paso no dejar de leer y de escribir por el simple y maravilloso goce de poder hacerlo.
No pretendo quejarme de la economía y mucho menos en este proemio dedicado a una mujer más inteligente que sensible que no tuvo nunca problemas financieros. Así es, se trata de la neoyorkina aristócrata proveniente de una familia de mecenas holandeses. Hablamos de la mismísima Edith Wharton.
Edith Wharton no tuvo mucha suerte en el amor ni mucha belleza física qué presumir, aunque no la necesitó para validarse o sentirse validada. Después de un par de relaciones fallidas, un matrimonio frustrado y el corazón reconstruido porque fue víctima de infidelidad, siguió adelante. Su intelectualidad fue su salvación. Prefirió pensar con la cabeza que dejarse agonizar por ese sentimiento heredado del Siglo XVIII llamado romanticisimo y por el que muchos aún hoy en día pierden la brújula y hasta la dignidad.
Wharton vivió 75 años. Se le reconoce por su labor de ayuda humanitaria en la Primera Guerra Mundial y su quehacer literario que es vasto, no por nada fue tres veces candidata al Nobel de Literatura y si bien no se lo llevó, tuvo en su repisa un Pulitzer otorgado por la novela La Edad de la Inocencia (1920) y obtuvo, además, un doctorado Honoris Causa por la Universidad de Yale. Estamos hablando de la primera veintena del Siglo XX. ¿Por qué todo esto es tan relevante? Bueno, porque es una genio y porque fue la primera fémina en la historia en tener dichos reconocimientos. Corrijo, fue la primera mujer escritora. No olvidemos que también por esos albores Marie Curie andaba haciendo ciencia y en 1903 se le otorgó el Nobel de Física por descubrir elementos radioactivos y luego en 1911 se gana otro por sus invaluables investigaciones sobre el radio y sus compuestos. Mujeres haciendo historia.
Sus novelas más reconocidas son La casa de la alegría (1905) y —la que recién mencioné— La edad de la inocencia (1920). Con respecto a esta última, el director de cine Martin Scorsese hizo una adaptación en 1993 donde aparecen muy guapos Daniel Day-Lewis, Michel Pfeiffer y una jovencísima Winona Ryder. Cabe destacar que Wharton no sólo escribió novelas, también poesía, cuentos, relatos y unos cuantos ensayos sobre crítica literaria. El que me tiene aquí es Construir una novela.
Es curioso, no tengo el año de publicación de este librito. No lo trae en su página legal. Tampoco aparece en Internet o quizá no he sabido “guglear” correctamente. Al buscar en su bibliografía se muestra todo lo que escribió menos dicho material. ¿Por qué será? Quizá porque al día de hoy a una escritora se le aprecia más por sus novelas que por sus críticas literarias. Uy, que feminista me vi.
El libro es petit, como ya lo había mencionado, de letra chiquita y la hoja color hueso. En la portada yace la imagen de una mujer de perfil. Su rostro es sereno y blanco. Su cabello oscuro al igual que sus ropas. Parece un libro religioso a primera vista o a vista de lejos, tan es así, que una señora se me acercó en el vagón del metro para decirme en voz bajita que qué bueno era ver a “gente joven” leyendo santorales. Obvio no me dio tiempo de explicarle que ni soy joven y que el libro es sobre literatura, pero luego pensé que fue mejor así. Ella se fue con esperanza. La esperanza es hermosa, aunque rara vez verdadera.
Para empezar el título es interesante: Construir una novela. Habla de algo concreto, la construcción, algo tangible que se levanta. Es un verbo transitivo que nos habla de edificar, fabricar y cimentar. Es algo que tiene peso, gravedad, cuerpo y materia. ¿Por qué le puso así Edith a su ensayo? Cuando pienso en este título, no puedo dejar de pensar en ladrillos, cemento y espátulas. Es como el término “hacer el amor”, siempre me ha parecido una frase artificial. El verbo “hacer” me hace pensar en producción, elaboración, fabricación. Hacer el amor no es eso, ¿o sí? ¿El amor se fabrica como un producto? ¿Se hace con materia prima que son los cuerpos? ¿Se coloca en los anaqueles del abarrotes para que llegue el usuario y así, de la nada, lo desempaque, lo consuma y deseche los sobrantes en la basura?
Después de esta disertación semiótica, vuelvo al libro de Wharton. ¿Qué se encuentra uno como lector en esas páginas? ¿Qué se encuentra uno como escritor? Este es un ensayo dedicado a un lector versado en literatura inglesa, pero también para todo aquel que guste de la escritura no terapéutica. Va dedicado aquel curioso que quiera “levantar” una novela exitosa y bien ejecutada. Aquí no hay espacio para las emociones y las sinestesias. Una novela se construye. Se construye peldaño a peldaño pensándolo todo; uno no solo se hace escritor, se hace arquitecto y albañil, un entramador, un tejedor, un hilador de acciones perfectamente entrelazadas entre descripciones y situaciones.
Me causa fascinación pensar que Wharton no ve a la palabra como algo abstracto, sino todo lo contrario, la palabra constructora, la que hace puentes, la que te ayuda a llegar de un punto a otro. Entre sus párrafos certeros y directos sobre cómo construir una buena novela, nos pone ejemplos como La Feria de las Vanidades de William Thackery o Cumbres Borrascosas de Emily Bronte. Como no queriendo, también hace una matizada crítica a la forma en que Jane Austen tiene de escribir. Para ella —Wharton— esta jovencita de mirada ruda y soledad rigurosa es algo predictiva. Y eso sí que sorprende. Pues Austen es Austen, no sólo por su literatura que sigue vigente a pesar de ser novela paisajista, sino que adolescentes y algunas cuarentonas del siglo XXI aún disfrutamos de las relaciones “imposibles” de personajes burgueses que sufren entre la riqueza, sin dejar de lado a la mucama Anna, quien serena le perfecciona el tocado a la duquesa de York a sabiendas de que ella también tiene su pequeña historia de amor con el mayordomo del palacio del condado vecino.
Wharton se detiene en los personajes, nos explica cómo diseñarlos y cómo dotarlos de verosimilitud. Sí, de verosimilitud. Edith dice que la verdad en la vida es inalcanzable, entonces en la ficción no queda más que esa nebulosa que hace a bien llamar verosimilitud. La verosimilitud es lo que hace que una novela se sostenga, que sus personajes sean creíbles y además sobrevivian en el tiempo. Y es que escribir es pensar, es construir. Sí se vale sentir, pero el sentimiento lo deben tener los protagonistas. El escritor debe pensar.
Para esta ensayista, que vaya que dedicó tiempo al análisis literario, la novela psicológica nació en Francia. La novela costumbrista en Inglaterra y de su unión, en el glorioso cerebro de Balzac, surgió esa extraña y camaleónica criatura; la novela moderna que es la que normalmente leemos hoy en día todos aquellos a quienes nos gusta llamarnos lectores.
Y bueno, siguiendo las lecciones de Wharton, para ella, la mayoría de la novelas se agrupan en tres tipos; De costumbres, de personajes y de aventuras. Estas designaciones pueden indicar de forma suficiente los diferentes métodos, pero se podría nombrar un ejemplo de cada uno. La Feria de las Vanidades para el primero; Madame Bovary para el segundo y El Señor de Ballantrae para el tercero. Acá entre nos, sólo he leído Madame Bovary.
La pregunta es, ¿cuál es mejor escribir? Para Wharton, la mejor de las novelas es la de corte psicológico, o sea, la de personajes, pues es aquí donde entra la verdadera creatividad. Lo demás, para esta crítica, es hablar desde ese escritor confesionista que relata de sí para sí y todo lo que surge es desde sí. Me pregunto qué pensarán autoras de la novela de no ficción que son grandes en su género como Delphine de Vigan, Guadalupe Nettel, Margo Glantz o Anne Boyer que usan sus experiencias internas y externas para hacer literatura. Acá entre nos, me encanta leer ese tipo de narrativa.
También sé que estoy hablando de una constructora de novelas de principios del siglo XX. No más de imaginar a Wharton en estos tiempos, sé que estaría loca y fascinada por todo lo que se ha logrado en términos de escritura. Y hasta creo que sería muy activa en Redes Sociales y nos regalaría su sapiencia y su humor. Sólo por la Wharton yo tendría twitter.
Las novelas que son de personajes abren la posibilidad de un conflicto más redondo y no se quedan en lo plano de una situación que es lo que hace la novela de Austen. Surge una problemática y los personajes deben reaccionar a ello. En la elaboración de una novela más compleja, el escritor debe recordar a cada paso que su tarea no es preguntar qué es lo que la situación haría de sus personajes, sino qué es lo que los personajes, siendo lo que son, harían de la situación. De ahí surge una enorme diferencia.
Hacer personajes es todo un espectáculo. Bien lo he intentado sin caer en mí mismidez. Intento alejarme del yo, crear desde la distancia, hacer que el personaje me hable. Hasta ahora, me ha quedado un petit monstre que abrazo con todo lo que mi intelecto puede dar. Pues aunque cojo, medio ciego, tartamudo y con un brazo más largo que otro, he logrado darle complejidad. Espero presumirlo un día de estos. Sólo diré que se llama Lena y es inmortal.
Para concluir, y como buena burguesa que es, Wharton nos regala en su magnífico ensayo un poco de su teoría sobre nada más y nada menos que En busca del tiempo perdido de Marcel Proust que escribió en siete tomos entre 1913 y 1927 no más para tenernos entretenidos un rato. Aquí debo hacer una confesión, decir una verdad dolorosa: El libro de Proust me ha superado. Han sido por lo menos dos las ocasiones en que he intentado leerlo, pero me pasa lo mismo que con el Ulises de Joyce y el Quijote de Cervantes. Quizá algún día logre descubrir por qué es una maravilla de la literatura universal.
Pues bien, a seguir leyendo y a seguir escribiendo. A seguir ahorrando y seguir viviendo que todavía faltan muchos mañanas por experienciar, muchos libros que descubrir y muchas inflaciones que traspasar. Por ahora sé que si bien ya no hay tantas reglas para llevar a cabo una escritura por lo menos presentable, no significa que la cosa sea más fácil. Un escrito se hace y siempre se está haciendo. Wharton es una buena maestra para aquel que quiera saber sobre teoría literaria. Es dura, sí, pero lo que dice, a pesar de que fue hace más de 100 años, aún tiene estridencia. Por nada es de las primeras críticas en centrarse en un personaje y desdoblarlo. Vale la pena leerse a esta señorona.
Estoy por ir a comprar mi salsita botanera a la tienda de la esquina. Este proemio me llevó escribirlo varios días por lo que es necesario un botecito nuevo para arrancar también una nueva lectura. Me supongo que ahora ese objeto de deseo no vale 17 pesos. Calculo que ahora cuesta 20. ¿Usted qué dice, querido lector imaginario, la inflación habrá llegado a cierto nivel de cinismo? ¿Qué rituales lleva a cabo al momento de su lectura?
Este blog es un peligro para la salud cardiovascular de mi librero, sólo lo engorda.
Ya conseguí «La cabeza de mi padre» de Alma Delia Murillo» y este texto me dice que el de Wharton será la siguiente adquisición.
Gracias por la recomendación.
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🙂
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Tienes que leer los cuentos de Clarice Lispector. Acabo de leer uno llamado «La quinta historia», es fenomenal. Esa mujer era de verdad fantástica, igual que las que son como ella, Pizarnik, Woolf tal vez. No lo digo como una comparación literaria, son muy distintas al escribir pero agudísimas en sentir y darse cuenta de las cosas. Ojalá pudieras escribir un día algo al respecto de los cuentos de Clarice.
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