
Josefina Vicens / Narrativa / Fondo de Cultura Económica
209 MXN$ / 122 págs / Todas las librerías
Trabajas desde hace 15 años de contable en un despacho de mediana categoría con horario fijo de nueve a seis de la tarde de lunes a viernes. Los sábados vas a la oficina hasta las tres. Eres padre de dos varones que suponen el orgullo de tu descendencia y la permanencia de tu apellido.
Te defines como un esposo atento, aunque en tu haber se suman un par de infidelidades de cuando tus crisis filosóficas no te daban tregua y tu cuerpo, hecho de carne blanda, quería desquitar las ganas en otra mujer. Mujer, cabe decir, que terminó dejándote porque no ofreces regalos, porque eres pobre, porque tu desliz no fue pasional, sino que formó parte de una búsqueda que nada tenía que ver con esos senos o esas piernas o ese pubis que se te ofreció húmedo en el otoño de tus tentaciones muchas veces raquíticas, otras insuficientes, otras apenas presumibles.
Usas el mismo par de zapatos desde hace un lustro pues no alcanza para más. Tus tres corbatas hacen juego con los calcetines remendados una y otra vez por la madre de tus crías que, acá entre nos, hace milagros administrando el gasto, pagando la luz, comprando los materiales que piden en las escuelas de los niños y teniendo para ti un menú bastante decente a la hora de la comida.
Te llamas José García y quieres ser escritor. De camino a tu casa al trabajo y del trabajo a la casa traes siempre contigo un monólogo interno activo. Todo lo quieres escribir, todo es escribible, pero cómo hacerlo, maldita sea. Eres uno más del montón, un mediocre sin estrella y sin talento. Todos los saben, pero nadie te lo dice. Tu esposa hace como que le importa, pero cómo le puede importar si no entiende tu arte, tu escritura, si nunca se ha planteado qué es eso de escribir. Tus hijos, sobre todo el mayor, que lleva tu nombre, hasta unos años decía con orgullo a sus amigos que su papá era escritor, aunque no tenía ni idea de lo que eso significaba. Tú te colgabas de ese título para envalentonarte y seguir buscando la idea literaria que lo cambiará todo.
En la búsqueda sobre cómo escribir el gran libro que el mundo está esperando te encontraste con el método de las dos libretas en el que, en efecto, requieres tener a la mano la libreta uno y la libreta dos. La libreta uno es donde pondrás todo lo que pasa por tu mente, tus ideas, tus pensares y pesares. Es ahí donde vaciarás cada lágrima y cada gota de tu ser narrativo. Es más que un diario o una bitácora, es el portal de la escritura; ese universo que cubre tus necesidades literarias, que le da razón a tu existencia, el origen de una carrera narrativa.
En la segunda libreta pasarás aquello que obedece a la idea principal de tu escrito. Lo dejarás editado en la hoja limpia, a lo que ya está filtrado, pero eso no sucede. No te sucede a ti. Le sucede a los demás. Todo se queda en la libreta uno. Tachones, borrones, hojas sueltas, palabras subrayadas, diferentes tintas, manchas de café y girones de desesperación es todo lo que resguardan esos papeles unidos por un resorte de plástico.
Tienes más de tres empiezos, todos inútiles hasta ahora. Revisas tu pequeña biblioteca doméstica. Revisas uno a uno cada tomo. Te enjaulas en el primer párrafo. Te acuerdas del librero del viejo que, cada que vas, te dice que una biblioteca se conforma por 10 libros. ¿Cuántas bibliotecas tiene, usted? Te pregunta y tú solo sonríes mostrando apenas los dientes.
Cada libro tiene su propio principio. El principio que hace historia: Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.
Te rascas la cabeza, que fáciles suenan esas líneas, las reescribes en la libreta uno. Te pones a pensar en tu minúsculo estudio. Más que un estudio, es una esquina inútil que, por inútil, te la has apropiado como una dimensión personal. En la casa de 60 metros cuadrados no sobran habitaciones, al contrario, hacen falta ventanas para respirar.
Una voz venida de la cocina te avisa que ya está la cena. Te interrumpe. No quieres contestar, pero debes hacerlo. En realidad, quieres quedarte ahí, en tu mierda, pero hay que estar, hay que poner la figura en el centro de la mesa. No puede ser que cada que llegas del trabajo te metas en esa esquina desangelada para jugar al escritor, en todo caso, jugar al escritor frustrado.
Dormiste más o menos bien. Andas con las ganas arriba. Cada mañana es una nueva oportunidad para empezar de nuevo, aunque sí, te cala la edad. Es inevitable no compararse con las jóvenes promesas que ganan becas y patrocinios como si fueran paletas de caramelo. Luego están las leyendas literarias que miras en el periódico o en la televisión. Tú quieres ser ese escritor, quieres hablar de tu proceso en una entrevista. Pero hasta ahora, sólo acumulas mañanas e ideas rancias que se van empolvando en la libreta uno.
Le das un beso a tu mujer a la cual no tocas desde hace tiempo. Aún es bella, pero su belleza no te es suficiente como para entregarte o entretenerte. Lo bueno de vivir junto a alguien es que no se nota el pasar del tiempo, y eso te gusta. Ella lo es todo para ti. Sin ella, tu vida se pierde, no tiene sentido, pero no se lo dices, al contrario, la maltratas para hacerte sentir el importante, para darte esos vítores del hombre de la casa, el escritor, el intelectual, el pensador, el artista, pero ella es más que tú y lo sabes; si la casa funciona, si la familia está unida es por ella, por su mandil azul, por su máquina de coser, por sus manos que lo reparan todo, por su presencia estable y predecible.
Te vas al trabajo enojado con la vida y con el mundo. Ella piensa que ha hecho algo mal, pero ya está acostumbrada a tus genios, a sentirse poco, a ser feliz cuando estás fuera. Si tan solo te dieras el momento de conocer su mundo interior. ¿Lo tendrá?, te lo preguntas, no porque sea ella, sino porque ella es ese tipo de persona práctica, funcional, que resuelve las sumas y las restas sin detenerse a ver el pétalo de una flor o una nube gris extrañamente colocada en el cielo.
En tu descanso del mediodía decidiste no llegar a casa a comer. Avisas que te quedas en la oficina porque la chamba es mucha, pero no es cierto, te vas al parque, ahí te echas la torta de huevo que tu esposa te prepara religiosamente para el almuerzo. Te sientas en una banca, observas a las palomas danzar en su geometría tan ajena de los hombres.
El señor que bolea zapatos te pasa de largo nada más de echarle un ojo a tu calzado, sabe que no tienes donde caerte muerto y por eso te quedas de pie. A lo lejos, ves a un viejo en otra banca sentado empinándose una botella de alcohol. Tiene ropa buena pero gastada. Los zapatos, aún en su uso constante, lucen finos. Él es la señal que estás esperando. Le vas a contar de tu escritura. Lo vas a rescatar con tus palabras literarias. Gracias a ti dejará atrás esa vida miserable en la que ha caído. Te animas a ti mismo y te lanzas hacia él.
El vagabundo tiene todos los síntomas de vagabundo. ¿Qué podría salir mal? Hay consejos que valen más que el dinero. Y dinero, pues no tienes. Ya de cerca frente a él, te percatas de su nariz roja y alérgica, de su piel delgada quemada por el sol, del cabello abundante que parece un tul de bailarina sucio, lo más notorio de ese abandono son los ojos; ojos crudos y vidriosos que se resisten a la composición.
Te acercas al grado de que su aliento etílico se hace el tuyo, te reafirmas que quieres ayudarlo, quizá eso te ayude a ti a escribir, a encontrarle sentido al mundo y, entonces, tus palabras surjan. Te manda a la chingada. No está buscando a Dios ni mucho menos a un escritor de poca monta que le regale consejitos de superación y frasecitas mamadas. Te duele el rechazo de ese ser que yace en el orden más bajo de la humanidad. Te terminas tu torta de huevo en silencio.
El sol te cala. Las emociones dentro de ti se dispersan como torbellino causándote una comezón inacabable en los brazos y en las piernas. Te percatas de que tienes algunas monedas sueltas, te vas a la cantina, te tomas dos cervezas y regresas a casa derrotado, como siempre.
Al otro día todo es ruido en la oficina, un ruido diferente, de otro color. Las secretarias no paran el cuchicheo. Luis Fernando Reyes, que toda su vida había sido un buen empleado, dispuso indebidamente de cinco mil pesos. Tan serio que se veía. Tan honrado. Se dice que el desfalco ocurrió hace seis meses, pero ahora con la auditoria ha salido a la luz el robo. ¿Qué le espera? ¿La cárcel, el despido, el señalamiento? Solo quería comprar un regalo a su mujer, llevarla a cenar en su aniversario. En un reclamo de conciencia buscaba agradecerle por su fidelidad, por aguantarlo en las más malas sin nunca una queja, al contrario, consolándolo con la resignación más pura que una esposa pueda brindar. Salió triunfante, por lo menos de libertad. Ahora que lo piensas todo lo demás lo tenía perdido, en realidad, nunca lo tuvo. Le tocará buscar otro quehacer, otra vida.
Tu hijo mayor, que se llama como tú, anda de enamorado. Está insoportable, no sólo por la edad, sino por la calentura. Una fémina se le ha atravesado entre ceja y ceja, no encuentras palabras para aplacarlo, aunque lo entiendes, tú eras así también. Hace ya tanto de eso. Tu esposa es quien le pone un estatequieto a ese noviazgo que lo hace reprobar la escuela, aunque sabes perfecto que José, tu hijo, posee una inteligencia limitada, está lejos, lejísimos de la más mínima intelectualidad.
El hijo pide perdón por su comportamiento errático que puso en peligro su pase a la universidad pública. Cuando eres así de pobre todo cuesta, el amor y el deseo no son la excepción. Se cobija avergonzado entre las faldas de su madre. Ya llegará otra, cuando sea el momento, le dice ella. Siempre hay otra, contestas en bajito para ti. Vaya que duele el primer corazón roto. Esos trancazos no se olvidan, pero duele más no poder escribir.
El otro hijo se llama Lorenzo, es más noble y curioso. Él sí podría llegar a ser alguien. Te quiere, te admira. Se sorprende como nunca cuando te ve desaparecer las cartas con el truco de magia que cada año le haces en su cumpleaños. Quisieras que se quedara así para siempre, en esa inocencia, donde tú eres casi como su dios, pero el tiempo seguirá su cauce, como un río y, entonces Lorenzo, aún con su salud endeble también querrá una vida y hasta una profesión que lo llene. Es inevitable, se irá a perseguir sus sueños.
Tu mujer ha encendido la luz de la cocina. Eso indica que ya ha amanecido. No fuiste a dormir. Te quedaste toda la noche en el estudio, en ese pequeño escritorio destartalado. La luz, que fastidio, esa luz de la mañana que ordena que tienes que ir al trabajo, trabajo en el que te han dado un mísero aumento por también hacer la chamba de Luis Reyes. Te tienen, les perteneces y lo sabes. Todos se alegran por ese ascenso menos tú. Un grillete más a la libertad creativa.
En tu somnolencia, te percatas de que hay palabras nuevas escritas en la libreta uno. ¿Será que ya podrás pasar algo a la libreta dos? Te asustas. Te emocionas. Prefieres no leer lo escrito. No ahora. Quizá más tarde. Otro día, cuando estés con las emociones quietas, cuando puedas verte desde afuera y tengas la capacidad de aceptar que ya tienes el principio; la primera maldita frase.
Te levantas satisfecho de ti mismo. Vas hacia el dormitorio para ponerte el traje ocre con los zapatos negros. Marchas a tu trabajo, al de ayer, al de mañana, al de siempre.
Vaya manera de recomendar un libro. Veo que la novela es de 1958 y suena a que sigue vigente. Supongo que la gente que escribe funciona igual en cualquier época. Al leer que el protagonista es contador irremediablemente me llevó a pensar en Fernando Pessoa, auxiliar de contador referente de la literatura portuguesa. Aunque veo que en realidad el personaje es justo lo contrario, un personaje que jamás logra la escritura y al mismo tiempo, a través de la obra de la escritora, sí.
Una biblioteca se compone de diez libros. Imposible que la pregunta que sigue no arranque una sonrisa.
Me gustó mucho el cuadro que pintó en este proemio narrativo.
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Hola, Galo.
Sí, yo también me sorprendí cuando vi el año en que fue publicado. Y fue curioso porque justo por esos días tomaba un cursito sobre cómo escribir una novela -que en lo personal rara vez funcionan para el propósito, pero tienen luego recursos interesantes que aplico en mis clases- y la escritora decía que ella usaba el método de las dos libretas. Y luego me di cuenta que yo hago lo mismo, digo, no soy novelista y ahí ando haciendo intentos con mis cuentos, pero siempre traigo un cuaderno para todo lo que pase por mi cabeza mientras ando de un lugar a otro. Yo creo que todas las personas con una mente inquieta traen consigo una libreta de notas o bien el celular para los más tecnológicos.
Vale mucho la lectura de este libro. Ojalá te des la oportunidad de leerlo, lo que me lleva a preguntarte si escribes. Y si sí, de qué o sobre qué y si no, pues parece que sí.
Hasta pronto 🙂
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¿Qué si escribo? No, no escribo. Me encantaría poder hacerlo. Hacerlo como los grandes me refiero, o como los chicos. Escribir es algo mágico, como la música, una cosa que muchos hacen, pero pocos hacen de manera tal que quede impregnado en la vida de las personas. Tampoco es que creo que todo libro debe «merecer» existir, ni que todo deba ser profundo o develar algo que siempre ha estado en la penumbra. Lo que sí creo es que en corazón de quien escribe debe existir el pulso para acercarse a quienes admira, no tanto por el estilo o esas cosas, o no del todo, sino por lo que dicen. Sé que usted escribe. Hace tiempo leí el proemio en el que habla de su libro autoeditado. Me encantaría leerlo. Si no piensa venderlo, ¿pensaría en digitalizarlo? ¿En compartir los textos en un apartado de este sitio?
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No recordaba que había hecho el proemio de mi propio libro, de mi libro niño. Veo que no contesté en ese entonces sobre la pregunta que me hiciste de si es posible que comparta esos cuentos. Veré la manera de compartirlo por vía digital. Es un libro revuelto, como mi cabeza, por eso en parte también hago estas «reseñas»; para no olvidar, para ordenar, para mantener, para estructurar.
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La memoria es un queso Gruyère (gruyer, dice la RAE). Se me figura que en los agujeros alguna vez hubo queso, luego hubo burbujas y cuando el queso endureció, taráááán ¡Quedó queso gruyer! El punto es que la memoria es así, y la inmemoria también, un agujero lleva a otro. Igualito que los agujeros de gusano en el universo. Es curioso que no recuerdes haber hablado de tu libro, escrito, mejor dicho. Por raro que parezca creo que lo entiendo, lo curioso es que cosas que son tan importantes para nosotros se nos olviden. ¿Qué significa eso? Quién sabe. Quizás nada. Falta de concentración dirá el psicólogo, de vitaminas y descanso el médico general y qué miedo preguntarle a un neurólogo.
Releí mi comentario y encontré que lo escribí muy mal. Tiendo a releer para corregir lo básico, lo mínimo indispensable para mostrar que a uno le importa lo que escribe. Lo hice fatal, así pasa con la prisa.
En efecto no hubo respuesta aquella vez. No lo tomo a mal, tampoco es que importe, claro. Cada quien tiene sus razones para responder algo o no, incluso una burbuja de memoria, un hueco donde hubo queso. Además quienes escriben, como usted, tienen manías raras, como querer publicar pero sin exponerse, que es lo mismo que publicar pero que no los lean. No digo que sea el caso, es solo un ejemplo. Hay manías peores, como escribir terrible y querer que todo mundo lo lea. Estoy seguro que no es su caso tampoco.
Ojalá y suceda.
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Amo leerte! Me haces imaginar cada detalle, y trasmitir me las emociones y sensaciones. Creo que cualquier persona dedicada a escribir a llegado a entender esa frustración de no saber plasmar en palabras lo que el corazón siente, simplemente por qué no sean creado. Y tú eres una creadora que inspira. Gracias 🫂
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Hola, Griece. ¡Qué bonito encontrarte por acá! Gracias por tu comentario y el tiempo para leer. Fue una sorpresa de esas que cambian el día cuando vi que tenía un comentario tuyo. Aquí estamos y aquí seguimos. Ojalá nos veamos pronto. Te mando un abrazo bien grande.
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