Enciclopedia de las artes cotidianas

Laura Sofía Rivero / Ensayo / Random House

269 MNX$ / 197 págs. / Librería Gandhi


Entre ensayos, semblanzas -que detesto escribir-, el amor, lo complicado de la comunicación humana, los talleres para poetas, los rommies que no tengo en mi casa, pero sí como vecinos, las palabras bien intencionadas pero mal entendidas, la pijama que no suelto aunque Luis ya me compró dos bien bonitas, los aeropuertos que me resultan huecos, la ansiedad que me genera la enfermedad de mi padre, la idea de que Penélope me espera a mí, aunque la historia oficial dice que espera a Odiseo, el trabajo vespertino que hago sobre la curaduría de mi libro, el vinito y la cúrcuma que tomo para calmar ese pequeño malestar existencial, el fútbol televisivo de los de enfrente, y mis gatos, es que comparto este proemio para recomendar a Laura Sofía Rivero quien es una gran escritora. Es acuariana igual que yo y cumplimos años el mismo día. No solo me gusta su escritura, ella me cae bien.

Ella es la escritora.

Tan buena impresión me dejó, que ese textito suyo llamado Autorretrato que habita en la página 195 de su libro Enciclopedia de las artes cotidianas (2025) donde habla de sí misma sin los hiperbólicos elogios y primaveras que suelen llevar estas narrativas, comparto no mi autorretrato, sino mi portarretrato. Sirve de que me distraigo, de que viajo en el tiempo de mi vida. En una de esas, y hasta puedo llorar. Lo he intentado, querido lector imaginario, pero no lo logro. No hay lágrimas, quisiera saber cuándo me las acabé todas.

PORTARRETRATO

Dicen que tengo la sangre dulce porque los zancudos no paran de picarme. No es dulzura lo que hay en mis venas, pero no me dan ganas de explicar la química de mi composición anatómica. Colecciono libros. Me encanta tenerlos acomodados por género y les pongo un pequeño lunar de color amarillo en el lomo a aquellos que ya han sido leídos porque, aunque intento tenerlos en el estante que les toca, lo cierto es que andan por donde se les da la gana. Soy desordenada hasta el desborde. Odio tender la cama, odio lavar lo platos, pero me gusta que la casa esté limpia. No sé cocinar, aunque el arroz caldudo me queda delicioso; la receta está en hervir los jitomates antes de licuarlos. Amo la carne cruda con pimienta, pero no la como desde hace años. No es higiénico y vivo en abstinencia desde que logré cumplir los doce pasos de carnívoros anónimos, ¿o era de caníbales abstemios?

Se me da bien eso de extrañar. Ando extrañando casi siempre. Extraño a mi gato Carlos, pero no se me nota. Por ahí un querido amigo me dijo -cuando llegó la hora de sincerar nuestras personalidades- que me pensó psicópata por esa cualidad tan mía de siempre parecer asincrónicamente feliz. No soy feliz. No siempre. Tampoco soy psicópota, aunque sí cuento con un trastorno del neurodesarrollo.

Imaginando que es una mano siniestra.

Soy zurda de mano y de corazón. Tengo los dedos gordos y no me quedan los anillos como yo quisiera, pero saben escribir sin que mis ojos tengan que ver el teclado. Tengo piel de invierno según una aplicación que hizo mi colorimetría. Ahora resulta que no puedo usar los colores de la tierra porque me opacan. Me redujeron al blanco, negro y azul. Con todo y esta cara que parece ser obediente, me pasaré por el arco del triunfo la recomendación del estilista virtual.

Soy profesora universitaria. Soy buena, aunque odio seguir los temarios. No era mi sueño estar frente a un grupo de jóvenes hablando de cosas, yo quería ser pintora, astronauta, escritora y sirena.Por ahí alguien me dijo una vez, con la intención de lastimarme, que sería una pésima madre. Nunca lo sabré, aunque lo que sí, es que ese hijo lo hubiera tenido todo.

Soy más de sal que de azúcar. Me gusta la Cocacola y el agua de Jamaica. Amo la piña y la sandía. Me encanta dormir, tengo una facilidad para generarme el sueño y, no suficiente con ese privilegio, sueño demasiado. Sueños lindos, increíbles. Sueños mitológicos. No tengo raíces, o bueno, no las conozco. Por años eso me atormentó. Ahora me siento libre siendo una planta de agua. No le debo nada a la vida, porque la vida no me debe nada a mí. Entiendo mi existencia como un azar de entre tantos y entiendo mi mortalidad de la misma manera.

Ellas son fa-bu-lo-sas.

No quiero dejar nada. No quiero ser nadie. Solo quiero escribir. Si alguien me lee, eso ya es otra cosa. Me gusta dibujar. Gasto mi dinero en plumones y en zapatos chinos. Me gustan las mañanas más que las noches. No me sé desvelar. Me baño con agua caliente así el calor esté en su máxima potencia. Tolero bastante bien el dolor físico. He soportado grandes tormentos hasta el grado de que un día perdí la vista por dolor. Mi dentista se sorprende por mi alta tolerancia. Ahora uso una guarda bucal para calmar las ansiedades y que éstas no se instalen en el nervio trigémino.

Soy ansiosa. Me gusta quedarme quieta para sentir el presente. Odio los temblores, pero más odio la alarma sísmica. Uso lentes de sol y cargo cuadernos en mi bolso para anotar ideas que luego paso a un Excel. Tengo pocos amigos y algunos me han dejado de hablar porque no soy fiestera. Lo entiendo y no hay reclamo. Me han dicho rara, intensa, dramática, indiferente, egoísta, fría, creída y me da igual. Aunque luego viene la gran contradicción; hay quienes me creen muy buena gente porque sé escuchar. No soy mala persona, solo no soy la bondad andando.

Sé manejar estándar y automático, aunque hoy en día no cuento con coche, me muevo en transporte público, en Metrobús para ser exacta. Me encantaría tener un espacio mío y dar clases de escritura creativa sin depender de una institución. Tuve una pequeña editorial llamada Imana que funcionó por ocho años, ahora que lo veo en retrospectiva, hubiera luchado más para mantenerla viva.

La hermosa mano de Luis.

No creo en dios. Me gusta mi inteligencia que supera al promedio, pero no demuestro mi sapiencia, no por lo menos frente a la funcionalidad de las cosas, ¿será porque vivo demasiado en mis propias fantasías? Tengo mala memoria espacial y geográfica. De adolescente usé braquets. Quiero irme a vivir a otro lado. No me gusta que las luces de una casa estén encendidas, prefiero las medias luces, esas que dan las lámparas. Vivo en un laberinto de paredes blancas, espero ahora, en estas vacaciones, poderlas pintar de algún color lindo.

Me gusta el yoga, lo practico y lo suspendo y así ando. Poseo flexibilidad. Siempre ha sido así. Me dan miedo los doctores y no me gusta que me toquen el cabello. Por eso ahora lo traigo largo, larguísimo, porque aún no me atrevo a que alguien le pase las tijeras y me haga comentarios no solicitados sobre mi membrana capilar. Me da miedo morir. Me obsesiona el tiempo desde la perspectiva subatómica. Sé mucho sobre planetas y exoplanetas, pero no lo digo, no vayan a pensar que soy un bicho raro cuarentón. Amo a Carl Sagan y el actor Oscar Isaac me parece una belleza, aunque no me encantó el papel que antagonizó como Víktor en Frankestein (2025) de Guillermo del Toro.

Soy feminista. Leo bastantito sobre eso ya que la mayoría de mi estudiantado son mujeres. Debo saber qué es ser mujer en estos días. Esta corriente de pensamiento me ha hecho más sensible a ver mi propia historia y la historia de las mujeres de mi vida. Ninguna nos hemos escapado de las prácticas machistas, prácticas que estaban normalizadas y muchas de ellas no tenían nombre. Hoy lo tienen. Me encanta el helado de nuez. Confieso que no sé la diferencia entre helado y nieve.

Me encantan estas cursilerías.

Uso lentes de prescripción, tengo miopía, astigmatismo y seguramente presbicia. Calzo del dos y medio, pero siempre ocupo del tres para quitarme problemas de que no hay de mi número. Odio los sostenes y, en general, la ropa que se pega mucho al cuerpo. Me gusta andar descalza. No sé sumar rápido. No le entiendo a la regla de tres, pero sí sé sacar porcentajes.

Odio mojarme las mangas de la blusa cuando lavo los platos. Odio perseguir al muchacho de la basura y me encanta que, cuando salgo de la universidad en el horario de la tarde, ahí está el señor de los elotes. Ya sabe como me gustan los esquites; poquito limón, mucha sal y chilito del que sí pica para moquear a gusto. La señora Luz es mi mejor amiga en la universidad donde trabajo. Mi gata Milanesa no me quiere mucho que digamos. Nos reclama con pequeños maullidos cuando no jugamos con ella y su largatija de plástico a la que le pusimos por nombre Adriana. Le prometí un jardín y no he podido cumplir mi promesa.

Me gustan las cucharas y las tijeras. Me encantan sus formas. Soy barroca y odio hacer filas. Soy aparentemente paciente. De niña hablaba más con el diablo que don dios y me gustaba pintar la luna con mis acuarelas. Era poeta. Sí. Tengo tres cuadernos llenos de poesía. Poesía terrible, debo decir. Me gusta tomar café instantáneo. Siempre traigo un sobre de Splenda en la cartera y mis llaves no tienen llavero. Uso un perfume de marca descontinuada. ¿Qué haré ahora que se me termine? No tengo lunares vistosos y, a últimas fechas, siento que me estoy quedando sin huellas dactilares.

Mido 1.55 y peso un poco más de lo que debería. Tengo el cabello negro con dos canas. No uso grandes accesorios, y me da flojera aprender a maquillarme bien, así que me maquillo con lo básico. Amo las palomitas, el queso menonita y las papas hervidas bañadas en aceite de oliva, sal y pimienta.

Yo en mi salón.

Tengo dos hermanas; Paulina y Violeta. Las amo locamente, aunque luego no sé cómo mostrar mis afectos. En mis fantasías más guajiras pienso que si un día me gano el premio literario Amparo Dávila, compartiría el dinero con ellas y unas vacaciones todo incluido. Tengo también una sobrinita que está rechula y espero conocerla más y quererla más.

Me veo más joven de lo que soy, aunque todo es relativo, porque, aunque me veo más joven, soy ya una señora. No me desagrada, aunque el mundo y las Redes Sociales tratan de generarme la sensación contraria. Voy más seguido al teatro gracias a Luis que aprendió a no preguntarme, porque de hacerlo, siempre mi respuesta primigenia es no.

Tengo pésimo equilibrio y odio estornudar. Nunca me he hecho una manicure y tampoco he traído las uñas largas. Mis manos son todo un tema para mí. Casi no muestro los brazos, uso la mayor parte del tiempo manga larga, pero me gustan mucho mis pies. Amo mis pies con todo y que luego dicen que parecen tamalitos. Son pequeños y blancos. No tienen ningún tipo de callosidad o maltrato y a ellos les encantan los masajes.

Escucho una y otra vez la misma música. No sé caminar con audífonos y de a poquito he expandido mi repertorio musical, nuevamente gracias a Luis, incluso este martes iremos a un concierto de una cantante francesa que se llama Pomme.

¿Cómo ves, Laura? ¿Crees que podamos ser amigas?

Soy alérgica a la manzana, a los cacahuates y a la jícama. De esto último sí es una tragedia para mí. Más bien no soy alérgica a esas frutas, sino a sus pesticidas y fertilizantes que ahora con la transgenia y la globalización alimenticia uno cree que come una mandarina y en realidad se está comiendo un camarón de granja pakistaní.

Me gusta pintar paredes. Juego ajedrez todos los días. No tengo vicios, aunque por años anduve buscando uno. No soy rencorosa ni vengativa. Una vez se me apareció el Ángel de la Guarda con todo y alas. Aún, a esta edad, me pongo los zapatos al revés. Le tengo pavor a las goteras. De lunes a viernes me levanto a las 5:30 de la mañana.

Milanesa y su mirada acusadora.

Amo a las palomas, esas a las que les dicen ratas con alas. Amo a los gorriones y a las tórtolas. No me canso de verlas. Saludo a los perros que pasan por la banca del parque donde suelo leer entre clases. Salí en una película e hice dos comerciales de televisión hasta que descubrí que no era lo mío. Mi amiga Karla siempre que nos vemos me pregunta si no me arrepiento de no ser mamá. Su hija ya tiene 18 años y ella sigue maravillándose de la vida que ha creado.

Mi sentimiento favorito es la ternura, mi color ideal es el verde oliva con un toque de limón. El número que me da seguridad es el 30 y me gusta ir a tender la ropa a la azotea. Han pasado casi ocho años desde que Luis llegó a mi vida con su lavadora Samsung y sigo sin saber usarla. Acá entre nos, esa lavadora nos ha hecho pelear un poquito porque por más que me explica, no entiendo cómo poner los ciclos de lavado.  

Soy lectora, me gustan las palabras, odio la mala educación y andar por la calle más de cuatro horas. Nunca me he fracturado. Observo demasiado, sé más de lo que digo y el mejor idioma es el esperanto.

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