
Hubert Reeves / Joel de Ronsay / Yves Coppens / Dominique Simonnet
Divulgación científica / 175 págs. / Editorial Andrés Bello
La vida no empezó en los océanos. La vida nació en las lagunas y en los pantanos; secos y calurosos durante el día, fríos y húmedos por la noche. Ese contraste fue la combinación perfecta para que minerales como el cuarzo y la arcilla se asociaran entre sí generando largas cadenas de moléculas orgánicas.
UN COMIENZO HABITUAL
Mientras iba camino a clases montada en el Metrobús con café en mano y padeciendo el exceso de gente a mí alrededor, un par de chicas hablaban sobre el dejarse fluir para así, ser una con el Universo. ¿Una con el Universo? Me pregunté, qué significa eso realmente. ¿Por qué vivimos? ¿Por qué hay un mundo? ¿Cuál es el sentido de todo esto? ¿Por qué estamos aquí? ¿Hay una razón para ser esto y no lo otro? ¿Qué es lo otro desde nuestra humanidad?

Estas preguntas que ahora comparto no son para nada extraordinarias en el sentido de la cantidad de veces que se han pronunciado a lo largo de la historia humana. Preguntas hechas por todo aquel que tenga un mínimo de conciencia y lenguaje. Sin embargo, resultan fabulosamente extraordinarias ante la capacidad de encontrar una respuesta.
Primeramente, esa respuesta fue dada por la religión, la fe, las creencias que habitan en las fábulas o en la mitología. Después entró la ciencia, la hermosa ciencia que, con su sapiente espera, no busca cerrar el diálogo sino actualizarlo y por ello, es que traigo este anecdotario que me hizo recordar cuánto me gusta leer sobre la vida en su concepción biológica, la expansión del Universo, la energía como motor, la materia como aquello que tiene volumen, la gravedad como una fuerza cósmica y la evolución humana.
Este libro, que tiene una portada bonita y, a la vez, nada que ver con un texto de divulgación científica, es la segunda vez que lo leo. La primera ocasión fue en 2017, cuando aún no existía mi página de Proemios. Gracias a esas coincidencias que nunca termino de entender, apareció de nuevo en el lugar menos esperado y aquí estamos.
LA CASA DEL ABUELO
¿Ha visitado usted, alguna vez, la habitación de alguien que físicamente ya no existe? El abuelo de Luis, además de regalarme valiosos consejos como que no me casara con un teatrero como su nieto -consejo que no seguí-, me regaló también esa experiencia; entrar en su intimidad.
Una tarde de sábado se nos dio la oportunidad de ir a su casa, a su habitación, que era algo así como un laboratorio-taller-biblioteca. El propósito; tomar aquello que fuera significativo para los presentes. Si bien yo no era parte de su descendencia, me dieron el pase para que pudiera observar. Y lo hice, vi las herramientas colocadas por tamaños en un organizador de pared, las cajas llenas de tornillos, la colección de cintas canela, la licuadora con las entrañas expuestas aún en espera de ser armada y no, no percibí ese famoso olor que despiden los espacios habitados por los viejos.
Lo más sorprendente fueron sus libros. Mientras miraba los títulos me encontré con La más bella historia del mundo. Me emocioné de inmediato y no dudé en preguntar si podía traerlo conmigo. Lo volví a leer nueve años después. Ahora es distinto, soy otra y, además, no lo leí sola, el abuelo de Luis lo leyó conmigo. Veo sus subrayados, sus anotaciones y sus preguntas sobre el gran todo. Qué genial hubiera sido platicar esta lectura con él.

El librito, que pasa inadvertido, pues es apenas visible en un mundo lleno de vademécums elegantes y de portadas duras, se compone de 175 páginas. Tiene las hojas amarillentas y su primera edición fue en 1998. Lo maravilloso es su anatomía narrativa; está acomodado en tres actos; El Universo. La vida. El hombre. Además, está explicado con una sencillez sublime por tres científicos. Hubert es astrofísico. Rosnay es químico orgánico. Coppens es paleontólogo. Simonnet es quien llevó a cabo las preguntas para convertir el conocimiento de los expertos en divulgación.
¿QUÉ ES LA VIDA?
Cuántas veces se ha hecho esa pregunta, querido lector imaginario. Qué es la vida antes de la vida, porque déjeme decirle que la vida no ha existido siempre. La vida es algo nuevo en la galaxia y en la Tierra, donde brota de manera particular y, acá entre nos, el clima tiene mucho qué ver con el nacimiento de dicho ente biológico.
A últimas fechas camino mucho, supongo que me hace bien, por lo menos puedo pensar con toda libertad y, mientras pienso, miro sin cansarme, sin hartarme de todo lo que sucede a mí alrededor. Caminando me encontré con un árbol. Sí, un árbol de parque público. Y ese árbol, que se conformaba por un tronco delgado pintado de blanco, tenía pegado un dibujo infantil con una leyenda que decía: Cuida a la naturaleza. La naturaleza es vida.
¡Qué cosa más fascinante acababa de leer! Cuidar a la naturaleza como si nosotros no fuéramos parte de ella. ¿El universo es naturaleza? ¿El Universo está vivo?
El Universo, entendido como las estrellas, los planetas, los soles, los astros, las galaxias, la materia oscura, sí es naturaleza, pero no, no está vivo. No todo lo que es naturaleza vive. Para que la vida sea vida debe cumplir con ciertas condiciones. Primeramente, tener una estructura celular. Segundamente, mantener la homeostasis (autorregulación). Terceramente, metabolizar (consumir y transformar energía) y, cuartamente, nacer, crecer, reproducirse y morir.
Y como un virus parasitario, una vez que la vida se instaló en la tercera roca del Sol, lo invadió todo. Se comió sus propias raíces e impidió que otros tipos de evolución pudieran proseguir simultáneamente. Vida carnívora que dio paso a la muerte, que tampoco existe fuera de este planeta azul.
El UNIVERSO
Cuánto silencio hay allá afuera, en el vacío infinito que, aún infinito, se sigue expandiendo y enfriándolo todo. Ahí la belleza y la oscuridad danzan con el tiempo y la energía; engranajes que nos permiten visualizar un poco esta gran explosión llamada Big Bang que, aún hoy, sigue sucediendo.
Qué tragedia -y me lo tomo bastante personal- es saber que la naturaleza no tiene conciencia de sí misma. Que seamos nosotros, estos mamíferos bípedos quienes, a través de la observación, la curiosidad y el lenguaje, la descifremos. Sin nosotros, estos monos necios que aparecimos hace apenas 12 segundos, no habría medio para que el Cosmos se conozca a sí mismo. Y entonces te das cuenta de que todo está relacionado: La vida, la muerte y el sexo. La naturaleza abiótica que dio paso a lo biótico. Las acelgas con el oxígeno y el hidrógeno, los átomos con las moléculas.
Para hacer un panqué de manzana desde cero, primero hay que inventar al Unvierso.
Somos parte de todo ese infinito, venimos de las estrellas, de su polvo, de su caos y de sus explosiones. Somos también ese frágil y químico equilibrio que se formó con lo no vivo, pero sí elemental para que el “respiro” sucediera. Cuánta razón tenía Carl Sagan -mi astrofísico y divulgador favorito- al decir que el Cosmos está dentro de nosotros. Y no, no es un sentido metafórico o de desarrollo personal. El nitrógeno circula por nuestro ADN, el calcio se instala en los dientes, el hierro conforma nuestra sangre, el carbono se incluye en cada uno de nuestros tejidos; todos esos elementos antes de existir en el planeta y en nosotros, existen allá afuera, en cada cuerpo celeste, en cada nebulosa.

NOSOTROS
La Tierra tiene aproximadamente 4 mil 540 millones de años. Nació a partir de una nube de gas y polvo que rodeaba al Sol recién formado. La primera vida fue microscópica y apareció hace unos 3 mil 800 millones de años. Los primeros organismos pluricelulares aparecieron hasta hace unos 1,200 millones de años. Esto significa que la Tierra tuvo únicamente vida microbiana durante casi 3 mil millones de años. Si la historia de la Tierra fuera un día de 24 horas, los microbios habrían sido los únicos habitantes desde las 4 de la mañana hasta las 9 de la noche.
Los dinosaurios tuvieron un reinado asombrosamente largo en comparación con la historia humana. Ellos surgieron hace 240 millones de años y habitaron la Tierra durante 165 millones. Imposible imaginarse esas cantidades, ¿no lo cree, querido lector imaginario? Y bueno, ya sabemos que cayó un meteorito que dio paso a la extinción y a una nueva forma de vida donde tuvimos la oportunidad de aparecer nosotros. Aunque claro, aquí empieza otra larga y lenta cronología.
Es increíble todo lo que tuvo que suceder para estar aquí. No quiero que se entienda como si hablara del destino como un acto divino, me refiero más al azar que se compone de indiferencia, constante cambio y adaptación. Salimos del agua -según dicen- vivimos en los árboles, nos hicimos bípedos, desarrollamos herramientas, domesticamos el fuego y empezamos a crear ciudades y a explicar el mundo que nos rodeaba para, de a poco, dotarlo de algo que la naturaleza nunca ha pedido: sentido.

Lo que me parece interesante es que toda esta abundancia que somos viene de la carencia, de la sequía, pues otros grupos de homínidos que habitaban en espacios más amables perecieron. Aquellos que se desarrollaron en situaciones complejas, están/estamos aquí. La evolución es asunto de acontecimientos medioambientales.
Una de las personas que más quiero en el mundo se llama Lucy. Y no, no la conozco “personalmente” y no es una estrella de rock inalcanzable. Ella es considerada la madre de la humanidad. Aunque como tal, no era humana-humana.
LUCY
Fue encontrada en 1974 en Etiopía. Coppens, que es coautor de este libro, fue parte del equipo que la halló. No medía más de un metro. Era ligeramente caída de hombros, con los miembros superiores algo más largos que los nuestros en proporción a los inferiores. De cabeza pequeña, manos capaces de agarrar objetos y ramas. Era bípeda, aunque también se subía a los árboles. Vivía en sociedad, como todos los primates. De hábitos vegetarianos y muy posiblemente murió ahogada o devorada por cocodrilos.
El gran regalo que nos dio Lucy fue entender que ella fue el primer prehumano erguido. Poseía ya una constitución esquelética que asentaría las bases para el humano moderno. Su pelvis estaba modificada de tal manera que parir ya no era un asunto meramente animal o mecánico, sino social. Al hacernos bípedos, el canal de parto de las hembras se estrechó y encurvó justo cuando el cerebro empezó a crecer; una hermosa y trágica contradicción evolutiva.

Para sobrevivir, el nacimiento humano exigió la mirada, las manos y el auxilio de la tribu. Así, antes de las herramientas de piedra o de la domesticación del fuego, el primer gran invento de la humanidad fue la empatía. Tuvimos que aprender a cuidarnos en comunidad para que la vida siguiera su curso.
Y aquí estamos, monos hombres, monos humanos que no vamos más por la vida desnudos y temerosos de la naturaleza. Aquí estamos, con culturas complejas, con tecnología avanzada, con conocimiento e información, con guerras, hambres y futbol. Aquí estamos, con nuestra historia como el único relato que podemos contarnos y reconstruir una y otra vez. Aquí estamos, tan extraordinarios mirando hacia las estrellas con la posibilidad de regresar a ellas algún día.
Perdone si este proemio es en exceso teórico, querido lector imaginario. Si llegó hasta acá, muchas gracias por su lectura y su paciencia. Mientras redacto estas palabras me doy cuenta de lo fascinante, complejo e inacabable que es escribir sobre el Universo, la vida y nosotros. ¿Qué le parece si seguimos maravillándonos de existir aquí, y ahora, mientras todo confabula para que así sea?