
María Luisa Puga / Ensayo / UNAM
78 MXN$ / 77 págs. / Colección Vindictas
¿Cuántos dolores tiene acumulados, querido lector imaginario? ¿Qué le duele? ¿Qué le dolía desde antes? ¿Qué le dolerá después? Se dice que, aunque las mujeres vivimos más que los hombres, también tenemos más dolores habitándonos el alma, la carne y los huesos. Nacemos de un cuerpo adolorido y habitaremos un cuerpo que conocerá el dolor desde muy joven. Dolores que una aprende a normalizar y a callar. Es solo dolor, dice una. Sí, sólo dolor, contesta la otra.
SOBRE LO QUE -ME- DUELE
Obsesionada con las listas, hice una lista de mis dolores. Quise clasificarlos, diseccionarlos, descubrir el por qué de su existencia. Hay dolores físicos que tienen explicación y otros que no, sólo están ahí, recordándome que soy cuerpo, un cuerpo que se gasta y se estropea, que a veces se sana. Un cuerpo que sangra, que deja de sangrar y sangra de nuevo cuando ciertas fases de la luna.

En mi lista encontré más de lo que debería. Me duele con frecuencia la cabeza, el cuello, la quijada, me duelen los pies, la muñeca izquierda, luego los ojos, me duele el costado y me dicen que es colitis nerviosa, me duele la rodilla derecha desde que tengo memoria, me duele a veces el cabello y de repente, como si también fuera cuerpo, me duelen las ganas y la esperanza.
Así que hice lo que toda persona femenina de mi edad debe hacer; un chequeo y, en esencia estoy bien. No hay malformaciones en mis manos, mis análisis de orina y sangre salieron normales. Nunca esa palabra (normal) me había dado tanta felicidad. Pero, entonces ¿qué es ese dolor? ¿Esos dolores?
SOBRE LO CRÓNICO
Muchas de mis historias en estos proemios arrancan en una librería o feria del libro. Déjeme decirle que este año no he asistido a ninguna, pero sí recuerdo que hace tres, en la feria del libro de la UNAM, me encontré con una escritora maravillosa llamada María Luisa Puga. Empiezo a buscar sus obras porque, aunque con todo y que ganó el Villaurrutia y otros premios más, sus libros no están tan disponibles como debería.
Y ahí estaba, Diario del dolor, un libro breve escrito en el 2002, cuando ella tenía 58 años y padecía artritis reumatoide inflamatoria, una enfermedad degenerativa que afectó gravemente sus articulaciones y redujo de manera significativa su movilidad. Aún con el dolor en sus manos y la cadera gritando por un poco de paz escribió este diario que se compone de 100 dolorosos y sarcásticos fragmentos que hablan sobre vivir así, del dolor crónico e infugaz.
Puga describe el dolor, le da una apariencia delgaducha y gris. Busca hacer tregua con una criatura que se ha instalado no solo en su cuerpo, también en su conciencia y hasta en sus muebles. Le duelen los muebles. El dolor lo duele todo.

Si a algo le tengo miedo es al dolor. Luego me digo que siempre he tenido dolor, incluso me lo he provocado. Me he arrancado las uñas por los nervios, yo sola me he mutilado por la ansiedad misma y he visto cómo sangran mis manos con un desespero casi poético porque su portadora (o sea yo) afiló de más el cuchillo para quitarle la cáscara a las papas. Y veo la sangre correr de mis manos y me recuerdan a la sangre que corre de entre mis piernas. Mi sangre, me digo. Mi sangre. La sangre no duele.
EL TIEMPO Y EL DOLOR
Puga habla de su soledad dolorosa. Y no porque esté sola, sino porque el dolor te aísla. Tiene esa naturaleza de apartarte de todo, menos de él mismo. El dolor es narcisista, sólo hace que pienses en él y sobre él. Se instala con maletas de más y ahí se queda, parasitando tus ojos, tus dedos, tu lengua.
Pero María Luisa es María Luisa y negocia con la criatura, aunque sabe que el dolor es tramposo, sabe que por un día de “estar bien”, los otros cuatro serán una pesadilla, aún así lo toma y firma y agradece y entonces tiende la cama para que no quede ninguna arruga y se instala en su silla de escritorio y deja para mañana la silla de ruedas. Y bebe café y por un ratito simple ama a plenitud la vida. Luego llega él, como una sombra que tiene forma humana, pero carece de rostro, de identidad. ¿De qué color son los ojos del dolor?

Si algo me asusta más que la muerte misma es el dolor. Y creo que este es un temor universal, porque nadie nos salvamos de no sentirlo. Justo ahora mi padre es un ejemplo. Él y su dolor nos tiene en espera a mi madre, a mis hermanas y a mí. Esperamos con calma y terror el dolor; que toque la puerta, que se instale, que nos torture, pero no llega, no llega en su totalidad, juega con nosotras. Estamos listas. ¿Estamos listas? No, nadie lo está. El dolor necesita memoria. Y si mi padre la está perdiendo, ¿cómo recibirá al dolor?
EL DOLOR ASUSTA MÁS QUE LA MUERTE
Existen tres tipos de dolores que van desde el somático hasta el nociplástico que es cuando el cerebro indica que hay dolor y se queda prendido sin que ningún medicamento lo detenga. Pero hay un dolor mucho más peligroso, el dolor fantasma, ¿existirá también el dolor imaginario?
Puga le habla de frente al dolor y le pone nombre, el dolor se llama DOLOR, así, con mayúsculas, y su gato, también se llama GATO. La obra de Puga que si bien tiene tonos sarcásticos en paralelo funciona como una crítica social. Expone sutilmente la violencia médica y la despersonalización que sufren los pacientes con enfermedades crónicas degenerativas. Denuncia cómo la medicina institucionalizada tiende a silenciar al enfermo en lugar de acompañarlo en su proceso vital; la condena de la indiferencia llega antes que la misma condena.
SOBRE LOS PALIATIVOS

No sé cuánto tiempo le quede a mi padre. Algunos médicos se sorprenden de que siga vivo y sin dolores agónicos. Pero todos llegan al mismo lugar; el dolor aparecerá, es ineludible. Nos recomendaron ir a la sección de cuidados paliativos del hospital, que ahí nos orientarían para cuidar al “enfermito”. El lugar es un lugar vacío. La doctora que nos atendió nos trató a mi madre, a mi padre y a mí como si fuéramos niños de ocho años. Nos recetó paracetamol y un relajante para esa rodilla que mi padre tiene lesionada desde hace más de 35 años y que no deja de dar lata. Nunca había visto tanta sabiduría médica concentrada en un solo lugar.
¿Qué querrá mi padre ahora que las palabras lo han abandonado? ¿Dónde está el dolor? ¿Su dolor? Mientras tanto yo cargo con el mío, con este dolor que habla y se queja y que yo ignoro. Este dolor que desde la semiótica de Pierce es un índice y un símbolo; a veces lo trato como uno y otras veces como lo otro. Este dolor sin firma, que es amarillo y cuadrado me pertenece. Dolor fantasma, dolor de mí, dolor de que estoy viva y viva me estoy muriendo.
¿Qué le dolerá al día, querido lector imaginario, sino las rodillas o los dientes?